El componente étnico de nuestras creencias

28.05.2013 08:43

A muchos se nos ha enseñado a creer en la existencia de una barrera entre nosotros y el Islam, como si la filiación espiritual derivara de la raza o de las costumbres. Durante siglos, se ha alimentado desde las instancias superiores el mito de un conflicto étnico latente tras la evidente diversidad de creencias de cristianos y musulmanes, mito que hoy reconocemos académicamente no más que como una premeditada intoxicación fomentada desde la cúspide del poder. Esa actitud falsificadora revela de sus creadores una gran inmadurez, propia de quienes anteponen sus intereses personales y egoístas a la apertura sin condiciones al mensaje de la Divinidad.

 

        Dice el Sagrado Corán que Allah ha enviado mensajeros a todos los pueblos[1] y que estos les han hablado previamente en sus propios idiomas, y una tradición del Profeta Muhammad* asegura que es superior a 125.000 el número de estos profetas de Allah que desde sayidina Adam (la paz sea con él), han proclamado Su mensaje.

 

        Es también un dato escasamente conocido que fueron musulmanes sufís quienes a partir del siglo XIII realizaron los primeros estudios de religiones comparadas, algo que fue posible por primera vez gracias al reconocimiento integrador que tiene el Islam hacia la totalidad de las Revelaciones anteriores, y que en general no podemos decir que haya sido correspondido por los representantes de éstas. Aunque alguno pueda sentirse airado, es precisamente Muhammad*, el Sello de la Profecía, el único mensajero enviado al conjunto de humanidad, y esto es lo verdaderamente importante, y no que fuese al mismo tiempo el profeta del pueblo árabe y predicador en esa lengua sagrada.

 

        Es cierto que el cristianismo y actualmente el budismo pretenden ostentar esa misma universalidad, pero es una pretensión a "posteriori", como lo demuestra que Jesús se rodeara de hombres de su comunidad -pescadores judíos principalmente- para proclamar su mensaje, y que se mantuviera estrictamente dentro de la ortodoxia de la ley mosaica, dictando magisterio legal en las sinagogas y proclamando su adscripción a la ley judía , como se refleja en los mismos evangelios católicos: "NO PENSEIS QUE HE VENIDO A ABOLIR LA LEY Y LOS PROFETAS. NO HE VENIDO A ABOLIR, SINO A DAR CUMPLIMIENTO. (Mt 5, 17) y también en el fragmento de la "Curación" de la mujer cananea:  "NO HE SIDO ENVIADO MAS QUE A LAS OVEJAS PERDIDAS DE LA CASA DE ISRAÉL" (Mt, 15, 21-28).

 

        Jesús (la paz sea con él) fue el Mesías enviado al pueblo de Israel -en ello coinciden los Evangelios Canónicos y el Corán-, y es solo por una segunda elaboración del significado de las escrituras que se ha posibilitado esa sobrevenida universalización de su mensaje.

 

        Por su parte, la misión de Gautama Buda se limitó solo a dar una formulación distinta a enseñanzas preexistentes. Shiddarta fue un príncipe de la casta ksátriya -los guerreros- nacido en el seno de la más pura tradición hinduista. En vida protagonizó una renovación contra las excesos de la casta brahmánica, muy desviada de su función original por aquellos tiempos, consiguiendo con ello vivificar la tradición metafísica védica. Al poco de su derrota secular, el budismo desapareció prácticamente del subcontinente indio, refugiándose en las regiones montañosas del norte, y algunas regiones del Afganistán y la China actuales. Es solo en los últimos 50 años que ha podido pasar por la imaginación de los miembros de los lamasterios budistas franquear sus bien delimitadas y milenarias fronteras, del mismo modo que el cristianismo tampoco superó los límites de las comunidades judías en el exilio hasta el segundo siglo de su propia era y no desarrolló su universalidad hasta la época de las colonias.

 

        Con todo lo anteriormente dicho, no ha sido nuestra pretensión negar la universalidad de estos ni de otros mensajes celestiales, que refiriéndose en esencia a las mismas verdades absolutas, se dirigen a pueblos y momentos del ciclo histórico bien diferentes. Lo que queremos poner de manifiesto es que ningún otro mensaje profético con anterioridad al de sayidina Muhammad* fue concebido expresamente para poder ser asimilado por todas las comunidades humanas extendidas por la faz de la tierra. No cabe espacio para la duda, porque el hadiz muhammadiano es bien conciso cuando proclama: "YO SOY EL ENVIADO DE DIOS PARA TODO HOMBRE QUE VIVE EN MI TIEMPO O DESPUÉS DE MI".

 

        El mensajero de Allah* es descendiente del patriarca Abraham por la rama del primogénito de éste, su hijo Ismael -la "piedra desechada", "el hijo de la "esclava" como es nombrado todavía por los judíos- y por lo tanto podría haber actuado como Moisés o Jesús, rodeándose de su propio pueblo. Sin embargo, para llevar a cabo su misión profética se valió de hombres y mujeres de todas las razas existentes en el planeta: los sahabas. Conocidos como "los compañeros" de Muhammad*, fueron de toda clase y condición,  y aunque algunos echen en falta la presencia de sahabas de raza roja o amerindios, hay que precisar que ésta tan solo es una submodalidad de la raza amarilla. En una breve alusión a este gran grupo humano, creemos muy probable que el mito de Quetzalcoatl, el mensajero montado a caballo, armado de espada y de barbas rojas cuya venida anunciada interpretaron en un principio los amerindios que se concretaba en las personas de los conquistadores españoles, bien podría hacer referencia al Profeta Muhammad* por la poderosa semejanza existente con la imagen que conocemos de él y por otros indicios que exceden el propósito de este artículo y que tal vez tengamos la fortuna de poder divulgar en otro momento.

 

        Por lo que atañe a la prueba evidente para todos los musulmanes, El Corán, el libro sagrado y luminoso por excelencia, no deja lugar a equívocos y en él se puede leer reiteradamente que está dirigido tan solo a "HOMBRES QUE REFLEXIONAN"[2], excluyendo cualquier mención limitante a un solo pueblo, cultura o raza, y este es el más hermoso y evidente recordatorio de su manifiesta universalidad.

 

        Los europeos, tan tribales y raciales como hayan podido serlo los demás pueblos de la tierra, tuvieron anteriormente, como no podía ser de otra forma, sus propios mensajeros celestiales. Resulta sorprendente hoy en día pensar que los escandinavos no conocieran el cristianismo hasta bien avanzados los siglos X y XI, pero los visigodos que luego se establecerían en la península ibérica, por su proximidad a los romanos habían adoptado anteriormente la religión de Jesús, en realidad la revivificación espiritual de la Ley de Moisés. Los "hispano-romanos" fueron a su vez cristianizados más o menos de una manera masiva (algo por cierto que es bastante discutible) por la casta guerrera y nobiliaria de los visigodos, que años antes de arribar a la península se habían convertido al cristianismo por efecto de la predicación del obispo Ulfila, defensor de la doctrina arriana y enemigo declarado de los católicos. Su evangelio, el mismo que los Visigodos trajeron originariamente a la Septimania y a la Hispania Superior, estaba escrito en lengua goda sobre la base de un alfabeto con caracteres griegos latinos y rúnicos[3] y nada más lejos de las motivaciones espirituales de este pueblo germánico que abrazar la fe en un Dios Trino, algo que si se nos permite la expresión, no estaba previsto en su herencia genética tradicional. El visigodo fue un pueblo que habitó durante milenios regiones muy septentrionales de Escandinavia, que ya había recibido en la noche de los tiempos la predicación de sus propios profetas tribales. Es vital para comprender el tema que nos ocupa, recordar expresamente que al contrario de lo que afirman quienes pretenden presentarla como una "religión politeísta" la tradición germánica original proclamaba la existencia de un Dios único, a quien en su propia lengua llamaban Wottán. Por eso el mensaje de Jesús, que coincide esencialmente con todos los otros mensajes de los enviados celestiales, no podría ser aceptado por ellos más que en su forma más original: el unitarismo arriano. El obispo Arrio declaraba: "Seguid a Jesús tal y como él os ha enseñado". Efectivamente, un mensaje de amor y ascetismo procedente del Dios Único proclamado por un profeta que se inmola como un mártir y que promete volver de nuevo para hacer justicia sobre la humanidad -enarbolando esta vez la espada-, por sus similitudes con las más antiguas leyendas germánicas, tenía que casar perfectamente con los más ancestrales resortes de la mentalidad escandinava.

 

        El bagdadí Ibn Fadlan, un escritor árabe que convivió con los vikingos[4] durante una travesía que duró varios años, dice de ellos: "son guerreros y a la vez comerciantes. Poseen armas y también instrumentos". Como los mismos árabes, cada cosa según las circunstancias. Esta observación de aquel gran viajero musulmán, enciende la chispa de un fuego común, sustentado por una serie de similitudes existente entre los pueblos que acogieron el Islam en sus primeros tiempos y la religión escandinava propia de los antiguos europeos.

 

        Ya hemos mencionado la adoración de un solo Dios -Allah, Wottan- que comparten los escandinavos y los árabes. Los mensajeros que se mencionan en las diversas sagas nórdicas son, como el Profeta de los árabes, a la vez líderes religiosos, jefes de estado legisladores y guerreros. Ambas creencias proclaman la existencia de una vida post-mortem, de un infierno y de un paraíso. El paraíso de los musulmanes -Al Jennah- es llamado Walhala por los escandinavos. En ambos coinciden simbologías casi idénticas. Lashuríes del paraíso musulmán son las walkirias del Walhala. Allí se sirven bebidas embriagadoras que no perjudican, el vino mezclado con jengibre y alcanfor de los musulmanes o   la miel fermentada de los vikingos. El mercado del Paraíso es el campo de batalla del Walhala, donde los cuerpos son también reparados y resucitados para una nueva jornada, entendiendo que para los germanos el noble placer de la lucha es equiparable al placer del comercio para los musulmanes. Otros detalles similares existentes en ambos paraísos no pueden provocar sino nuestra admiración, pues difícilmente podríamos encontrar entre todas las tradiciones de la tierra, otras dos más semejantes entre sí.

 

        Ciertas creencias ancestrales del pueblo germano profundamente incrustadas en su tradición, han tenido que subsistir en nuestros días al margen de la doctrina cristiana, reducidas al mundo de la fantasía, como pueden ser la creencia en trols y duendes, coincidentes con el abierto reconocimiento por el Islam de todo tipo de genios y ángeles, sobre quienes al igual que en los países de origen celta y escandinavo aún perdura una extensa literatura árabe. Finalmente no puede pasarnos inadvertida la veneración que sienten ambas tradiciones hacia los guerreros que defendiendo la integridad de los miembros de la comunidad de creyentes, mueren en el campo de batalla. En ambas tradiciones son considerados mártires a los que Dios preserva de las penalidades del paso a la otra existencia y a quienes reserva las más altas cotas de Su proximidad.

 

        No disponemos de toda la información que desearíamos sobre la religión de los escandinavos, pero es indudable que su preeminente carácter guerrero no está circunscrito a algo externo o infantil, sino que por el contrario y  al igual que el Islam, predica fundamentalmente el coraje necesario para vencer al ser inferior o egóico, como se deduce de una perspicaz interpretación de sus diversas leyendas cosmogónicas. Vemos en la antigüedad nórdica mitos como el de Odín colgado de un árbol y sin un ojo, como modo de acceso a una realidad superior. Se trata de una prenda que ha de ser entregada por quienes desean alcanzar las Tierras Celestes, y aventuramos la posibilidad de que se trata en concreto de la renuncia a la visión dual propia del mundo de la manifestación, imprescindible para acceder a la visión espiritual del Dios Único. Con lo anteriormente dicho podemos enlazar en su función las viejas sagas noruegas originales con escritos magistrales andalusíes como el "Tratado de la Unidad" de Ibn al-Arabi de Murcia.

 

        Así, esta alternancia de los esfuerzos humanos entre la protección de la comunidad y la consecución del dominio sobre uno mismo, coincide nítidamente con la referencia que sayidina Muhammad* hace a la pequeña yihad (esfuerzo por salvaguardar la integridad material de los miembros de la sociedad) y la gran yihad (esfuerzo interior contra las pulsiones inferiores o como la denominan algunos sufíes, la lucha contra nuestro propio ego).

 

        Ciertamente nada sería en apariencia más distinto que un vikingo de un beduino, pero como método de enseñanza sutil, los extremos se tocan. La soledad y la inclemencia propias del terrible desierto arábigo solo son equiparables a los desiertos de hielo polar, las implacables tormentas de arena, con las avalanchas de agua y granizo. Ambos pueblos son en el buen sentido de la palabra pueblos nómadas, es decir pueblos amantes de la libertad, conscientes de la condición de tránsito de la existencia humana y del regalo efímero de esta vida. Obligados a desplazarse por sus respectivos desiertos en pos de agua, pastos, caza o del comercio, hicieron uso de distintas monturas, camellos para atravesar mares de dunas y navíos para surcar las olas de los océanos.

 

        En sus orígenes, ambos pueblos gustaron de la poesía  y de bebidas alcohólicas fuertes para amenizar la vida social durante las largas veladas en que pernoctaban bajo la bóveda celeste. Sería mucho después que vendría para el pueblo árabe la prohibición del alcohol de la mano del último Libro revelado, como ha venido al final del siglo pasado para los escandinavos, de la mano disuasoria de sus propias autoridades civiles.

        Ambos pueblos veneraron a sus poetas y bardos, porque para ellos la palabra hablada encerraba un misterioso poder de evocación. Cantaban la belleza de los signos de Dios en la naturaleza y especialmente la de sus mujeres, ante las que sucumbían con sinceridad y desprendimiento. Se ensalzaba también el vigor y la valentía de los guerreros, a quienes el canto y la danza unía en una feliz comunión. Miraban mucho a las estrellas por las que se guiaban, pues a menudo tenían que  viajar de noche.

 

        El beduino y el escandinavo comparten como hemos dicho antes la veneración por la palabra, y cuando ésta adopta forma escrita, se la dota de connotaciones esotéricas y poderes premonitorios. En árabe existe un sistema de desciframiento del significado oculto de las palabras por medio de un sistema de números y letras (uno de ellos es el sistema Abyad, especialmente desarrollado por la tariqa naqshbandiyah). Las runas, es más conocido, son de por si profundos arcanos capaces de desplegarse en búsqueda de mensajes ocultos. Por ello, la caligrafía del alifato y de las runas representa en ambas tradiciones una ciencia sagrada reservada a individuos seleccionados y una oportunidad a la par que una obligación de manifestar la belleza y la creatividad divina, modulando como si de la propia voz esculpida se tratase la expresividad del sonido, en la roca o en el pergamino.

 

        Ambos pueblos ensalzaron y promocionaron los valores viriles, único baluarte de supervivencia frente al riesgo cierto de degradación presente en toda comunidad humana. El hombre y la mujer realizaban actividades perfectamente diferenciadas. La mujer germánica como es habitual en las civilizaciones tradicionales ocupaba una relevante función al frente del gobierno de la casa y la educación de los hijos. Con una sorprendente similitud con la sharia o ley islámica, los niños permanecían bajo la custodia materna hasta la edad de ocho años. A partir de ese momento, el menor acompañaba a su padre en las expediciones comerciales o quedaba bajo la custodia de un mentor o un anciano. Imitando a los hombres de la tribu, el joven aprendía a defenderse a si mismo adquiriendo los principios éticos de una incipiente caballería espiritual, ejercitándose en el uso de arco y de la espada, del modo en que lo hacían los sahaba, los compañeros del Profeta*. La espada vikinga, como la espada árabe, será objeto de veneración por ambos pueblos, que le dan nombres y le atribuyen cualidades casi humanas y portentosas.

 

        Para finalizar con las constantes similitudes entre estas dos tradiciones, ambas comparten el gusto por lo geométrico en una decoración con la que envuelven todos los objetos de uso cotidiano y en cuanto a la vestimenta, la barba profética, las ropas anchas y los abrigos con capucha entre los hombres, y el velo entre las mujeres.

 

        Tal como pretendemos haber podido demostrar, las similitudes entre el pueblo escandinavo y el pueblo árabe en su espíritu original y entre sus respectivas tradiciones reveladas muestran una identidad casi sospechosa. Nuestros arrianos reyes godos mantuvieron durante centenares de años y sin solución de continuidad la fe en un Dios Único, primero como pueblo germánico y después como cristianos arrianos que emparentaban con la fe de Abraham. Polígamos, guerreros, unitarios vehementes, pasarían muchos años antes de dar los primeros signos de decaimiento, cuando estos hombres que tan solo temían que el Cielo cayera sobre su cabeza empezaron a ser dominados por las autoridades eclesiásticas romanas. Gentes de sinceridad, difícilmente habrían podido sustraerse a la resplandeciente luz de la revelación muhammadiana, y como era previsible no lo hicieron, siendo de los que en cuanto la conocieron, abrazaron voluntariamente el Islam y la sunna. Enfrentados en una última guerra civil, aquellos antiguos arrianos se batieron con quienes pretendían instaurar las nuevas creencias trinitarias, y con el resultado de su victoria, enarbolaron  por primera vez desde Tánger hasta Toulouse, el estandarte de sayidina Muhammad, el Sello de la Profecía.

 

        Expulsar la fe del occidente de Europa, supuso una fuerte tarea de destrucción cruzada que se mantendría por el espacio de cinco largos siglos. Durante un período de nueve siglos y como señores del reino más avanzado de occidente, los visigodos peregrinarían a Meca y ayudarían a levantar un Imperio que alcanzó el cenit de una civilización que solo las más altas revelaciones han llegado a instaurar. Quienes pretenden que existe continuidad entre el espíritu vikingo de aquellos visigodos originales y la usurpación arrogante, insincera y fraticida con que los nuevos reinos cristianos al servicio de Roma arrebataron los diversos reinos de taifas a sus hermanos musulmanes comete un error, pues su nobleza de pueblo antiguo había desaparecido casi totalmente bajo el oscurantismo científico-espiritual de la Iglesia y las mandíbulas avarientas de una incipiente modernidad.

 

        Resumiendo, más allá de toda duda, hemos de reconocer en el Islam una revelación perfectamente acorde con el alma europea a causa de su explícita universalidad y porque en comparación con el verdadero cristianismo no es más ni menos oriental que éste, sino su continuador y perfeccionador.

 

        El Islam vino como revelación definitiva para toda la humanidad en las difíciles circunstancias del fin de ciclo, por lo que contiene la previsión de que todos los pueblos pudieran asumirlo sin grandes dificultades. Cuando uno tiene la fortuna de visitar Meca y Medina para cumplir con el viejo precepto de la Peregrinación, comprende maravillado con cuanta naturalidad, siglo tras siglo, hombres y mujeres de todos los rincones, de todas las condiciones, culturas y razas, pueden convivir en una armonía espiritual que no puede darse en ningún otro lugar del mundo. Ellos pueden dejar sus intereses egoístas, sus vanidades y orgullos mundanos para postrarse ante ese Único merecedor de toda entrega y toda veneración, la idea universal presente en toda la especie humana de un Dios Único, Justo, Clemente y Misericordioso.  

 

 

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María del Carmen

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