El Intelecto y la Experiencia

28.06.2013 11:47

 

La experiencia no es más que otro nombre para el término consciencia. Cuando yo digo que experimento mi cuerpo, estoy queriendo decir que soy consciente de mi cuerpo. Y del mismo modo que uno puede ser consciente de su cuerpo, también puede ser consciente de su mente, es decir, puede percatarse de los pensamientos, imágenes e ideas que ahora mismo desfilan ante el ojo interior de su mente. Dicho con otras palabras, uno puede experimentar su mente, ser consciente de su mente. Es muy importante poder experimentar la mente de un modo directo, claro e intenso, porque sólo entonces puede liberarse de sus limitaciones y empezar a trascenderla. Cuando tal cosa empieza a ocurrir habitualmente durante la meditación o contemplación – uno puede tener experiencias todavía más elevadas, experiencias espirituales, experiencias místicas ( satori, kensho, samadhi, unión mística) o, dicho de otro modo, uno puede ser consciente del Espíritu, experimentar el Espíritu de un modo no dual.

De manera que uno puede experimentar el cuerpo, la mente y el Espíritu. Y todo eso es experiencia. Tal vez ahora nos

demos
 cuenta que reducir la experiencia exclusivamente al cuerpo, a las sensaciones corporales, los sentimientos, las emociones, los impulsos, etc., constituye un grave error. Este es un reduccionismo muy desafortunado que no hace más que negar las realidades experienciales superiores de la mente y del Espíritu, negar y reducir el intelecto, buddhi, la visión mental superior, la imaginería y el mundo de los sueños, la discriminación racional superior, el perspectivismo, la profundidad moral, la consciencia sin forma y los estados contemplativos más elevados.

 

El cuerpo es básicamente narcisista y egocéntrico. Las sensaciones corporales no van más allá del cuerpo, las sensaciones corporales no pueden asumir el papel de lo demás una capacidad, por cierto, mental y, en consecuencia, la consciencia sensorial no puede entrar en el discurso del respeto, la compasión, la ética y la espiritualidad yo-tú, porque todo ello exige una consciencia cognitiva, mental e intelectual. Dicho en dos palabras, en la medida en que uno permanece en el cuerpo y es anti-intelectual, resulta imposible salir de la órbita del narcisismo.

De modo que el primer error consiste en alentar una oposición entre la experiencia y el intelecto, lo que reduce todas las modalidades experienciales a experiencias exclusivamente corporales, la esencia, en suma, del egocentrismo. El segundo error consiste en reducir las experiencias espirituales a experiencias corporales, en la idea de que si uno permanece centrado en el cuerpo, centrado en sus sentimientos, podrá acceder a la espiritualidad, porque ellos transcienden la mente. Pero lo cierto es que las sensaciones corporales, los sentimientos y las emociones no son trans-racionales, sino pre-racionales. Cuando uno permanece exclusivamente atado al cuerpo, no está más allá de la mente, sino más acá de ella, no está transcendiendo, sino regresando, de modo que cada vez es más narcisista y egocéntrico y está más centrado en sus propios sentimientos. Y esto, en todo caso, no hace más que dificultar la emergencia de las verdaderas experiencias espirituales, porque la auténtica espiritualidad consiste en abandonar el cuerpo y la mente, es decir, en dejar de identificarse exclusivamente con los sentimientos del cuerpo y con los pensamientos de la mente, algo, por cierto, imposible en el caso de que uno permanezca exclusivamente centrado en el cuerpo.

Por lo tanto, cada vez que se encuentra con alguien que le diga que experimente en lugar de intelectualizar, puede estar casi completamente seguro de que esa persona está incurriendo en los dos sencillos pero cruciales errores que acabo de señalar. Están oponiendo las experiencias corporales a las de la mente y del Espíritu y afirmando que las únicas reales son aquellas, reduciendo así las experiencias espirituales a experiencias corporales – el más bajo de los dominios !- dos errores, a mi juicio, sumamente desafortunados.

Pero la cosa es todavía más grave porque, aunque podamos hablar con cierta precisión de las experiencias corporales, de las experiencias mentales y de las experiencias espirituales, el hecho es que los estados espirituales más elevados no son ni siquiera experiencias. Las experiencias, por su misma naturaleza, son provisionales, vienen, permanecen durante un tiempo y terminan desapareciendo, pero el Testigo no es ninguna experiencia. El Testigo es consciente de las experiencias, pero no es ninguna experiencia, es la inmensa apertura y libertad en la que emergen y discurren todas las experiencias. Pero el Testigo nunca entra en el discurrir del tiempo aunque es consciente de él – y tampoco se ve, en consecuencia, afectado por el flujo de las experiencias.

De modo que la afirmación de que el espíritu es experiencia (en tanto opuesto a lo intelectual) constituye una auténtica distorsión del Espíritu, porque el Espíritu no es una experiencia pasajera sino el Testigo sin forma de toda experiencia. Permanecer atrapado en las experiencias es, por tanto, ignorar el Espíritu.

Pero el cuerpo contiene importantes significados sentidos, los que evidentemente, deben ser integrados en la mente y el Espíritu. Pero considerar que la espiritualidad está exclusivamente ligada a las sensaciones corporales, es una burla . Y si es un error tan difundido es porque todos disponemos ya de esa capacidad corporal. Todos nosotros tenemos, desde niños, acceso a la consciencia corporal; todos podemos experimentar el cuerpo, de modo que tenemos una alta posibilidad de éxito con el trabajo centrado en el cuerpo. Pero si se estuviera tratando de establecer contacto con el nirvikalpa samadhi un estado auténticamente espiritual que requiere unos cinco o más años de trabajo – no bastaría con un fin de semana. De modo que no resulta fácil comercializar los verdaderos dominios transpersonales, ya que eso sólo es posible con los estados alterados que vienen y van con las experiencias corporales a las que todos tenemos acceso con cierta facilidad.

El contacto con el cuerpo desempeña un papel muy importante que tal vez podamos explicar del siguiente modo. En el curso del proceso de desarrollo del ser humano, la consciencia comienza identificándose con el cuerpo, con los dominios vital y sensoriomotor. A los dos o tres años de edad, la mente empieza a aparecer, y en torno a los seis o siete años, la consciencia empieza a identificarse con la visión más amplia que le brinda la mente. El cuerpo sensorial, recordémoslo, es preconvencional y egocéntrico (porque no puede, por ejemplo, asumir el papel de los demás) pero, con la emergencia de la mente, la consciencia se halla ya en condiciones de pasar de la modalidad egocéntrica a la sociocéntrica, es decir, evolucionar desde el yo hasta el nosotros . La mente trasciende e incluye al cuerpo y, en consecuencia, puede ser consciente tanto del yo como del nosotros.

Pero si existe algún tipo de patología y, en este punto, la contribución de Freud resulta ciertamente esencial – la mente no puede transcender e incluir al cuerpo sino que se ve obligada a reprimirlo, negarlo, alienarlo y disociarlo. Dicho de un modo más concreto, algún concepto, idea o superego mental reprime o niega algún sentimiento, impulso o instinto corporal (a menudo el sexo y la agresividad pero, en otras ocasiones, toda la vitalidad corporal). Y esa represión del cuerpo por parte de la mente origina varios tipos de neurosis, enfermedades emocionales, alineación corporal y un entumecimiento vital.

Así pues, una de las primeras cosas que se debería hacer en terapia las llamadas terapias de descubrimiento consiste en relajar las barreras de represión y permitirse sentir el cuerpo, volver a establecer contacto con los sentimientos, experimentar las emociones y tratar de comprender porqué han sido reprimidas. Luego se deberán asumir los sentimientos reprimidos y reintegrarlos al ego mental para acabar configurando una imagen más sana y exacta de uno mismo.

Y lo que ocurre cuando uno restablece el contacto con el cuerpo y sus sentimientos, cuando uno restablece contacto con sus raíces orgánicas, con su élan vital, es extraordinario, porque entonces se siente lleno de vitalidad, pero de ahí a concluir que los sentimientos corporales constituyen, de modo alguno una realidad más elevada que el ego mental, media un verdadero abismo. Está muy bien establecer contacto con el cuerpo, pero no porque se trate de una realidad más elevada, sino que se trata de una realidad inferior que permanece reprimida por otra superior. De modo que nos vemos obligados a retroceder provisionalmente, a regresar – el término regresión se refiere simplemente a una vuelta a un nivel inferior de la jerarquía de la consciencia a las sensaciones corporales que se vieron alienadas, para terminar reintegrando los sentimientos perdidos.

Y el resultado de este proceso de regresión provisional para recuperar lo perdido (la llamada regresión al servicio del desarrollo) conduce a la integración de la mente y el cuerpo, una unidad superior a la que denomino centauro, en la que la mente

humana
 y el cuerpo animal son uno. Pero ello no debe llevarnos a reducir la integración de la mente y el cuerpo al mero cuerpo, una confusión muy frecuente, por otra parte, en autores como Alexander Lowen, Ida Rolf, Stanley Keleman, que suelen elevar el cuerpo al estado del centauro (al estado de unión de la mente y el cuerpo), desdeñando simultáneamente los aspectos mentales (como evidencian sus escritos, en los que no suele haber la menor referencia a la ética racional, el perspectivismo, la moral postconvencional, la comprensión mutua, etc.). Así pues, lo que ellos denominan unión entre el cuerpo y la mente no deja de ser, en realidad, más que un conglomerado de sensaciones corporales una microfalacia pre-trans que confunde al centauro post-convencional con el cuerpo pre-convencional – una confusión que constituye, por otra parte, el sello distintivo de la mayor parte de las terapias corporales.

 

En cierto modo, la terapia y la meditación suelen comenzar con el cuerpo y con la consciencia del cuerpo, porque la mayor parte de las personas están, de hecho, desconectadas de sus raíces. Pero las terapias eficaces y las técnicas realmente meditativas no permanecen mucho tiempo en el nivel de la consciencia corporal. Las terapias eficaces no tardarán en centrar su atención en la experiencia cognitiva y mental y en tratar de comprender por qué el sujeto se vio obligado a reprimir el cuerpo y algunas de sus sensaciones. El avance de la terapia sólo tiene lugar cuando uno deja de representar corporalmente los impulsos alienados y pasa a la comprensión mental.

Lo mismo ocurre con la auténtica meditación que, aunque también suele comenzar con la consciencia corporal centrada en la respiración, las sensaciones corporales, etc., no tarda en convertirse en una investigación de la experiencia mental y de la misma corriente mental. De este modo, pasa del cuerpo y del mundo sensoriomotor ordinario al mundo mental y sutil. La identidad sólo puede expandirse desde el cuerpo-mente hasta el Espíritu investigando las contradicciones sutiles del flujo de la mente y, especialmente, de esa contracción sutil conocida con el nombre de sensación de identidad separada, en cuyo caso la identidad personal con el organismo se ve subsumida por una identidad con la Totalidad.

De modo que el cuerpo nunca se ve desdeñado, sino que se ve transcendido e incluido por la mente que, a su vez, termina siendo transcendida e incluida por el Espíritu. El cuerpo es el fundamento, la raíz y el punto de partida, pero cuando uno se identifica exclusivamente con él, cierra todo acceso a la mente y el Espíritu. En tal caso, uno quizás pueda alcanzar el Nirmanakaya (el cuerpo de la forma), pero no el Sambhogakaya (reino sutil), el Dharmakaya (Vacío causal) ni el Svabbavikakaya (Totalidad no dual). Cuando, por el contrario, uno conecta el cuerpo con esos estadios y dominios superiores, estos tienden a afectar y terminar transfigurando el propio cuerpo físico, momento en el cual uno tal vez empiece a brillar en la oscuridad. Pero, en cualquiera de los casos, lo cierto es que asumirá una extraña y persistente belleza y se convertirá en el vehículo transparente del Espíritu primordial que es desde toda la eternidad.

Ken Wilber
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