Los instintos son mejor protección que toda la sabiduría del mundo. (C. G. Jung)

29.11.2013 12:16
El subconsciente y el instinto humano necesitan formas de expresarse y materializarse para no volverse contra su portador. Los símbolos sirven bien a este fin, y por tanto tienen una estrecha relación con la psicología. Representan ideas, arquetipos atávicos, que evolucionan con el tiempo y que acaban manifestándose en la imagen de un dios que interacciona desde el "más allá" (la memoria ancestral, el otro mundo, e inconsciente instintivo, la dimensión del ser absoluto y del espíritu, o lo que cada cual entienda por esta idea) con el "más acá". Así, del mismo modo que los psicólogos desempeñan su labor indagando en la simbología interior de un sujeto para encontrar las piezas de su puzzle mental, la manera de conocer los sentimientos, metas e ideales de un pueblo en una época determinada es profundizando en su simbología y en su imaginario religioso, que nos ofrecen la clave de sus valores más elevados y que, por tanto, nos sirven para rescatar piezas de las tradiciones de nuestros antepasados y de nuestra propia identidad. Actualmente, vivimos muy apartados de las condiciones que hacen del ser humano una criatura superior y perfecta, por lo cual estos valores y símbolos a menudo son lo único que nos queda de nuestros antepasados además del legado genético. Profundizar en todo esto es la idea de la sección de esoterismo de este blog —por no hablar de que este tema es lo bastante importante y noble como para merecer ser limpiado de los frikismos y sensacionalismos que crecen alrededor de él como malas hierbas parasitarias.
 
El sobresaliente psicólogo suizo C. G. Jung creía que los animales y las fuerzas ancestrales —dioses, héroes, mitos— vivían en el interior del hombre como arquetipos y que se manifestaban en patrones de comportamiento instintivo "automático" (por tanto disociados de la mente racional) heredados genéticamente. Pensaba, asimismo, que los instintos negados, reprimidos o simplemente no-reconocidos, podían llegar a dominar a un hombre o incluso acabar con él, y que para evitar eso era necesario buscar una manera de integrar la parte animal en la vida humana, ya que el "lado oscuro" tenía formas extremadamente retorcidas de vengarse si se le daba la espalda. Y es que el hombre tiene una serie de resortes relacionados especialmente con la violencia y el sexo, y por ende, si se alejaba del mundo de los animales y se encerraba entre cuatro paredes a espaldas de la Naturaleza, lo pagaría caro, ya que los instintos negados seguirían manifestándose, pero de formas cada vez más aberrantes, siniestras y antinaturales. Era necesario, pues, mantener un arquetipo colectivo que se refiriese a un "señor de los animales", un hombre plenamente en contacto con lo que es natural y, por lo tanto, integrado en la corriente ascendente y el orden eterno.
Pues bien, uno de estos arquetipos animales, y de los más antiguos y recurrentes, es el arquetipo de la divinidad masculina del Gran Padre o cazador eterno, contrapartida inevitable de la Diosa Madre. Se trata del dios con cuernos (en el caso que nos toca, generalmente cuernos de ciervo, pero también de carnero, macho cabrío o toro), que hace muchísimos milenios era "patrón" de nuestros antepasados cazadores. En una época (el Paleolítico) en la que se cazaba con arco y flecha o arrojando una lanza, el poder abatir a una criatura tan esquiva y sensible al movimiento como el ciervo, debía suponer la prueba de que el cazador tenía grandísimas habilidades y que, por tanto, era todo un "señor de los animales" y estaba directamente en contacto con el recto orden y con la Naturaleza —tanto la que le rodeaba como su propia naturaleza interior. Es precisamente en el Paleolítico que encontramos la primera representación de la figura de la divinidad cornuda, en una caverna asociada al Magdaleniense y por tanto al hombre de Cromagnon.
 
Pintura rupestre de la gruta de Trois Frères, sur de Francia, época Magdaleniense (18.000-12.000 AEC). Se ha especulado muchísimo en torno a esta figura. Para unos es un ídolo, para otros representa a un chamán en trance, o ataviado con las pieles y cuernos del ciervo. Con prudencia, sólo cabe decir que se trata de un ciervo dotado de algunos atributos humanos (como la posición vertical), cosa que no sucede nunca con otros animales representados en las pinturas rupestres. En las comunidades europeas paleolíticas, que nosotros asociamos a la raza nordico-blanca, el ciervo debió tener la misma relevancia que el uro y el toro tuvieron en las comunidades nordico-rojas. El ciervo pasó a ser signo de la fertilidad masculina y comportamiento cazador, que hasta nuestros días es la base de lo que entendemos por masculinidad.
 
Representación de la divinidad cornuda encontrada entre las pinturas rupestres de Val Camonica, un valle alpino lombardo, norte de Italia.
        
Lejos de la connotación negativa que tuvieron después, en la Antigüedad los cuernos eran símbolo de sabiduría y "conexión con el cielo", es decir, con el mundo del espíritu, por su forma arquetípica de ramaje, pararrayos o copa dispuesta para recoger las fuerzas celestes. Eran también signos de virilidad y fertilidad, ya que en los cuernos de los ciervos hay una serie de receptores androgénicos que se activan por la acción de la testosterona durante la pubertad, y que hacen crecer la cornamenta a un tamaño acorde a los niveles hormonales: unos cuernos grandes, largos y retorcidos indican mayores niveles de testosterona. Por este motivo no extraña que en la China tradicional, el afrodisíaco más codiciado para incrementar la libido masculina estuviera fabricado precisamente a base de cuerno de ciervo adolescente, ya que era el producto donde se concentraba más cantidad de testosterona. No es casualidad, tampoco, que en inglés, la palabra horny (derivada de horn, cuerno), designe en lenguaje informal a un estado de estimulación sexual caracterizado por la alteración del entorno hormonal. Por añadidura, y como había pasado con los colmillos del mamut, los cuernos del ciervo eran un trofeo vistoso (bastante más que las garras de un oso, el colmillo de un dientes de sable o similares) y lleno de simbología de poder. Toda esta serie de señales coloca al ciervo como un poderoso signo androgénico —es decir, opuesto a lo estrogénico.
 
La runa Man es un símbolo de la cumbre, de la copa del árbol, las ramas y los cuernos del dios cornudo, es decir, de aquello que constituye una conexión con el mundo celeste. Este símbolo sonará a quien haya manejado radios. Como su propio nombre indica, es la runa de la masculinidad, y contrapartida de la runa Yr —una runa Man invertida para simbolizar las raíces, la caverna, lo femenino y lo ctónico.
 
La palabra "cornudo" como un engañado por el cónyuge tiene un origen curioso e igualmente relacionado con una figura Alfa de fertilidad masculina. En los países del norte de Europa, durante la Edad Media (aunque la costumbre, por sus claros elementos paganos, debía ser mucho más antigua), los señores feudales tenían derecho a poseer sexualmente a las vasallas que ellos seleccionaban en un momento dado, estuviesen éstas casadas o no. La costumbre es una reminiscencia de la antiquísima teoría del harén y de la poligamia pre-cristiana, que a su vez hunde sus raíces en la necesidad de que las hembras de una generación sean fecundadas por pocos machos pero muy selectos para elevar el nivel genético de la especie —principio básico de procreación que comprenden todos los ganaderos y que la mayor parte de los animales (incluyendo el ciervo y el ser humano) siguen instintivamente. Antiguamente, el modo de ver las cosas era muy distinto al actual, y para una campesina o incluso para el esposo de ésta, constituía un privilegio que un hombre de cualidades superiores la poseyese y procrease con ella hijos superiores. Como signo de que el noble se hallaba cohabitando con la joven escogida por él, se colocaban sobre la puerta de la casa de la muchacha dos cuernos de ciervo, y recaían sobre el marido o padre una serie de privilegios, como por ejemplo poder cazar en el bosque del señor. Con el paso del tiempo y la pérdida del sentido de esta encomiable y beneficiosa institución evolutiva, los cuernos pasaron a ser un signo de burla, y la palabra "cornudo" llega así a nuestros días cargada de tintes infamantes: un hombre o mujer al cual su pareja le es infiel.
 
Escena de caza de ciervos encontrada en un petroglifo de Orca dos Juncais, Portugal.
 
Vistos los significados arquetípicos de los cuernos, y antes de adelantarnos a analizar las huellas del dios cornudo en épocas posteriores, veamos primero qué es lo que sucedió cuando acabó la Edad de Hielo.
 
El final de la glaciación Würm hace 12.000 años supuso el final definitivo de la megafauna paleolítica y de las condiciones adversas que tanto habían contribuido a esmerar las habilidades de las comunidades nórdicas forzándolas a cazar y a llevar una conducta depredadora. Gradualmente, los hielos se retiraron, y detrás de ellos, avanzaban las arboledas desde el Sur, hasta que Europa quedó alfombrada por una tupida masa boscosa. El Mesolítico (la época posterior al Paleolítico y anterior a la llegada del Neolítico, durante la cual florecieron culturas como el Tardenoisiense) debió caracterizarse por el predominio del mundo del bosque, cierta disminución de la caza (y desde luego, del tamaño de las piezas cazadas), un aumento de la recolección de productos vegetales y el auge de nuevos animales simbólicos como el jabalí o el lobo. El ciervo persistió en este imaginario, ya que encontraba en el bosque su hábitat idóneo.
 
Cuando terminó la glaciación hace 12.000 años, las grandes llanuras nórdicas se cubrieron de vegetación, y el bosque pasó a ser el reducto de cuanto quedaba en el mundo de natural, misterioso, instintivo y auténtico ante el avance del Neolítico, la civilización y la proliferación humana descontrolada. En su seno vivían criaturas profundamente simbólicas que no se habían incorporado al ganado del nuevo sistema civilizado, como el jabalí, el lobo, el oso o la más esquiva y misteriosa de todas: el ciervo.
 
El Neolítico supuso otra vuelta de tuerca al proceso de transformación global que había comenzado con la desglaciación. Si la aparición de los bosques siguió al retroceso del hielo, ahora los bosques retrocedían a su vez ante un nuevo producto, esta vez no resultado directo de una variación climática, sino de la acción del hombre: la aparición de la agricultura dio el pistoletazo de salida para la deforestación a manos de enormes campos de cosecha, y la ganadería precisaba asimismo de pastos para los nuevos animales domésticos. Este nuevo fenómeno, precursor directo del sedentarismo y la civilización, nació en Próximo Oriente, y se asocia inevitablemente a la aparición de las primeras ciudades, como Jericó en el actual Israel, o Çatal Hüyük en Turquía. Asimismo, irrumpen en el repertorio simbólico animales como el toro, la cabra, el carnero y otros.
 
Frescos en Çatal Hüyük, una de las primeras ciudades del mundo, que estuvo poblada de forma ininterrumpida durante casi un milenio seguido hasta que fue abandonada. Aunque sus habitantes, sin duda de importante herencia nordico-roja, otorgaban preeminencia simbólica al toro (enorme importancia religiosa de los cráneos y cuernos del animal, con forma de media luna) y a la Gran Madre, estas pinturas demuestran que no les eran ajenos los misterios de la caza del ciervo y que, si bien la mayor parte de la población se dedicaba a la agricultura, debió haber élites, necesariamente los más preparados físicamente, que mantenían viva la tradición ancestral de la caza y aportaban así a la comunidad un alimento (la carne) muy superior al cereal. También se han encontrado estatuillas de oso, un símbolo típico de las culturas cazadoras.
 
Tras el Neolítico, cualquier grupo humano que aspirase a perpetuarse y estar en condiciones de prevalecer en el mundo, debía competir contra otros grupos que podían multiplicarse indefinidamente gracias a la colonización de nuevas tierras y la práctica de la agricultura, con lo cual las comunidades mesolíticas europeas se verían "forzadas" en cierto modo a adoptar el nuevo sistema neolítico de Oriente si es que querían sobrevivir —del mismo modo que, en el Siglo XIX, Japón tuvo que elegir entre adoptar el sistema industrial o ser directamente colonizado por los países industrializados. Esto, a largo plazo, iba a tener enormes consecuencias sobre el planeta y sobre la evolución del mismo ser humano, tanto biológica como psicológicamente. Por lo pronto, entró en Europa una avalancha nordico-roja y otra armenoide, que poco a poco transtornarían la integridad genética de las comunidades Cromagnon nordico-blancas además de la suya propia.
 
Entre los sumerios, la primera civilización considerada como tal, hacen su aparición las deidades con cuernos de toro, así como el signo de la media luna. A pesar de basarse en la agricultura, la civilización sumeria no había olvidado la caza, y vemos muchas divinidades coronadas por un par de cuernos muy similares a los hallados sobre el signo romano de Mercurio.
 
En estos relieves sumerios queda de manifiesto la presencia de los cuernos (de cabra y de cierva, pero también de la figura regia de abajo) y su asociación a la media luna, un signo similar.
 
En Egipto tenemos algunos dioses con cuernos (como Hathor o Thoth), pero, por su relevancia posterior, es interesante fijarnos en el dios Ammón, llamado "señor del doble cuerno" (Libro de los Muertos, cap. CLXV).
 
Thoth y Hathor ayudan a mostrar cómo, en el imaginario simbólico de la Antigüedad, los cuernos actuaban como una especie de copa que contenía el aura, la esencia solar, el espíritu y la iluminación. Los cuernos estarían relacionados con la media luna, la copa y el sexto chakra, y el aura que contienen con el sol, el contenido y el séptimo chakra. Juntos, forman el arquetipo del Grial. No es de extrañar que a la glándula pituitaria se le haya llamado en otros tiempos "el asiento del alma", ya que el sexto chakra es literalmente el trono del séptimo.
 
Esto es una corona de princesa hyksa. El origen de los hyksos (quienes gobernaron el Bajo Egipto durante los Siglos XVII y XVI AEC) debería dejar de ser motivo de tanta controversia, ya que forman parte de la avalancha de los pueblos del mar. En Ávaris, la capital de los hyksos en el Delta del Nilo, encontramos reveladoras escenas representadas en frescos: hombres saltando por encima de toros, en una disposición exactamente similar a la encontrada en los minoicos de Creta. Los hyksos pertenecerían al conjunto de pueblos de herencia nordico-roja del Mediterráneo Oriental, con un origen más que seguro en las primeras ciudades neolíticas de Próximo Oriente, como Çatal Hüyük, donde los temas taurinos son también increíblemente frecuentes, así como la figura del ciervo.
 
La mitología hindú tiene ejemplos de la importancia del ciervo, como en la leyenda de Ram, Sita y su deseo por el ciervo de oro, o cómo interviene Shiva entre el cazador Rurdruha y los ciervos a los que va a matar. El ciervo representa también los Vedas, el conocimiento iniciático transmitido oralmente por selectos sabios de generación en generación desde tiempos inmemoriales, y plasmados por escrito después de la invasión indo-aria de India. En la mitología hindú, Shiva (Rudra en los Vedas) pasa tanto tiempo en el bosque de Sleshmantaka que se asilvestra y adopta la piel y cuernos del ciervo. A día de hoy, el bosque de Sleshmantaka permanece sagrado y es conocido como Mrigasthali, es decir, "morada de ciervos". 
 
Este dios que medita rodeado de animales simbólicos (tigre, elefante, rinoceronte, búfalo o toro y una cabra —el tigre, a su lado y mirándolo alzado, parece ser el animal más cercano a él como depredador de la selva por excelencia), con dos cuernos y con una forma de triángulo invertido en el pecho (esta forma de su atuendo se remonta a las prehistóricas figuras de Gobekli Tepe, de indudable origen nordico-rojo) es Shiva Pashupati. El epíteto Pashupati significa "señor de los animales". Shiva era un dios del principio masculino (el Yang, Purusha), complementario de Parvati (el Yin, Prakriti), y se le imaginaba como un dios destructor, de naturaleza agresiva (por tanto de herencia claramente depredadora-cazadora), que meditaba inmóvil en lo alto del monte Meru, el eje del mundo del hinduismo. Inevitablemente, se trata del arquetipo de la runa Man (el tridente también está relacionado con Shiva), un signo que representa la cima, los chakras altos, la conexión con el cielo y que en realidad se trata de la mitad superior (ramas) de la runa Hagal (el árbol), en el extremo opuesto de la runa Yr (la mitad inferior o raíces). Según la mitología hindú, para salvarlo del veneno, su consorte Parvati le ató una cobra al cuello (un símbolo telúrico y de sabiduría terrenal, relacionado con la torques que lleva en el cuello el Cernunnos de más abajo).
 
En Europa, los celtas fueron de los pueblos más avanzados. Inventaron la cota de malla, el barril, efectivos modelos de yelmo y espada, y mantuvieron prósperos asentamientos que florecieron entre el comercio, la ganadería y la agricultura. Se habían perfilado ya, como mínimo, dos grupos sociales: uno de aparición reciente, de herencia neolítica y dedicado a la agricultura, y otro de herencia mucho más antigua, que seguía dedicándose esencialmente a la caza y a la guerra. En las fieras tradiciones de los celtas, muchos de los cuales combatían totalmente desnudos y con el cuerpo pintado, hay aun muchos vestigios de la mentalidad paleolítica, cosa que no extraña teniendo en cuenta que gran parte de sus territorios eran lugares boscosos vírgenes donde los campos cultivados aun no se habían abierto paso. Por este motivo, y por la herencia genética de sus antepasados cazadores, no nos extraña que la figura del dios cornudo aparezca de nuevo entre ellos, esta vez bajo la forma de divinidades masculinas como Cernunnos en la Galia, o Caerwiden en Gales. Asimismo, encontramos de nuevo la figura del ciervo en Finn (el "patrón" de los fianna, guerreros irlandeses legendarios), que rompió un hechizo por el cual Sadv, una bella joven, había sido convertida en un ciervo dorado. Con ella engendró al héroe céltico Oisin ("pequeño ciervo").
 
Caldero de Gundestrup. Muchísimo tiempo después de la misteriosa pintura rupestre del ciervo en el sur de Francia, y a miles de kilómetros del Shiva Pashupati de India, los galos rinden culto al dios Cernunos, y ahora ha hecho su aparición todo un surtido de elementos fuertemente simbólicos. Se trata de un señor de los animales (cabra, ciervo, león, pez, a su izquierda el lobo representando el mismo papel que el tigre para Shiva) que, con una torques [1] en la mano derecha y una serpiente [2] con cuernos de carnero en la mano izquierda, coronada su cabeza por el aura de los cuernos dispuestos al cielo, medita en el bosque. Se encuentra en la postura del loto, inmóvil (ser) entre el entorno móvil (devenir) y con los ojos cerrados, como sumido en un trance, con lo cual habría que preguntarse seriamente si los celtas tenían prácticas de meditación y yoga de este tipo. Concebir este personaje enraizado en el imaginario colectivo de las culturas cazadoras como una deidad chamánica no es ningún disparate cuando los romanos relacionaron a Cernunos con su Mercurio (afín al griego Hermes, sostenedor del Caduceo, un bastón con serpientes ascendientes y coronado con dos alas), quien, a su vez, es el equivalente de Wotan u Odín (esgrimidor de una lanza y coronado por un casco alado). Se puede ver, pues, una afinidad simbólica como poco, e incluso quizás una continuidad cultual, entre el primitivo dios-ciervo rupestre y el mismo Wotan. Cernunnos también guarda un importante paralelismo con Cronos (Saturno) [3], señor del tiempo (el anillo, la torques), con el Apolo Karneios griego (venerado en la fiesta espartana de la Karneia), el Krishna hindú y el misterioso Quirino de la primera tríada capitolina romana. Estos nombres contienen la raíz KRN [4], que designa "fuerza", "potencia", "poder", "elevación".
 
Los griegos tenían una cultura cazadora más importante aun si cabe. La aristocracia era propietaria de tierras, pero éstas eran trabajadas por campesinos que pertenecían a un grupo étnico distinto. [5] Los helenos propiamente dichos se ocupaban esencialmente de la caza, el entrenamiento deportivo, la filosofía y la guerra, además de los deberes políticos aparejados a la condición de ciudadano. En aquella época, la agricultura iba asociada inevitablemente a cultos mistéricos nocturnos, lunares y telúricos de procedencia igualmente oriental, y asociados a divinidades (como Cronos, Perséfone, Dionisio o Deméter —Dea Mater o Diosa Madre, la cara opuesta del Zeus Pater o Dios Padre) en cierto modo extrañas al ethos helénico. Por contraposición, Apolo y Artemisa aparecen como dioses hiperbóreos y solares, ajenos a los nuevos misterios cerealísticos y a la fraternidad de la hoz, y relacionados más con el mundo de la caza, del deporte y de la música. Artemisa representa en este caso la divinidad cazadora por excelencia, con sus equivalentes en el mundo céltico (Artio), romano (Diana) y eslavo (Dievana). Se trata de una divinidad femenina difícil de concebir para un pueblo que no tenga una fuerte herencia nordico-blanca, ya que no es la figura de la matrona del hogar, sino una criatura atlética, orgullosa, viril en muchos sentidos, y bastante más afín a la idea de "valkiria". Acaso era el único arquetipo femenino por el cual un cazador podía sentir verdadera devoción.
 
 
Artemisa. Esta diosa griega que cazaba en los bosques y que representaba lo salvaje, era patrona de los ciervos y muy querida en Esparta, junto con su hermano Apolo. En cierto modo, juntos, la pareja de gemelos sagrados representaba los dos cuernos de la naturaleza divina, lo nocturno-oscuro y lo diurno-luminoso.
 
Tanto Apolo como Artemisa tienen en común la relación ritual con los cuernos —también de cabra, pero especialmente de ciervo. Por ejemplo, en el santuario de Apolo en Delos se encontraba un altar entero hecho exclusivamente con cuernos de ciervo, y los templos consagrados a Artemisa también ostentaban estos trofeos. Uno de los trabajos que Euristeo le encomendó a Heracles (quien, ante todo, es un cazador capaz de matar a un león con sus propias manos) fue capturar a la cierva de Cerinia (de nuevo la raiz KRN), un animal consagrado precisamente a Artemisa, con cuernos de oro y pezuñas de bronce. El héroe persiguió al esquivo animal durante un año entero, hasta llegar, como no podría ser de otra manera, al país de los hiperbóreos. Del mismo modo, es muy relevante que en Esparta las divinidades más veneradas fuesen Apolo y Artemisa, ya que allí se obligaba a los ciudadanos desde pequeños a ser buenos cazadores-recolectores y era, en suma, un reducto de la tradición ancestral ante los estragos de la civilización.
 
   
Moisaico en Pella, la ciudad natal de Alejandro Magno, en Macedonia. Decenas de miles de años tras las pinturas rupestres, la caza del ciervo seguía siendo un tema predilecto del arte europeo. Los tipos raciales representados son esencialmente nordico-blancos, levemente rojizados y nexizados. Unos verán aquí la matanza de un pobre animal, otros vemos el sustento de la tribu, una tradición ancestral que evitó que se extinguiesen las comunidades nórdicas durante el Paleolítico, que tuvo un papel importantísimo en la evolución humana y en la configuración del cerebro, que se remonta a nuestro mismo origen, y sin la cual nosotros no estaríamos hoy aquí. Hoy en día comemos la carne de animales "producidos en serie", que han llevado una vida indigna, mal alimentados, mal ejercitados, mal cuidados, atiborrados de  contaminantes, antibióticos y hormonas, y matados "en serie" en algún siniestro matadero. Antes se comía la carne de animales sanos y fuertes que habían crecido en el bosque, o bien de animales de ganado a los que se sacrificaba en una bella ceremonia religiosa, de significado profundo y convirtiendo a la criatura en intermediaria entre el cielo y la tierra. Por otro lado, lo que se representa en el mosaico es una verdadera proeza atlética, puesto que debía ser muy difícil alcanzar al ciervo con una jabalina o una flecha, y aquí vemos un cuerpo a cuerpo con espada, hacha y la ayuda de un perro.
 
Otro dios cornudo es Pan, originalmente un dios de la fertilidad masculina, que poco a poco fue adquiriendo mala reputación cuando pasó a simbolizar la promiscuidad masculina, siendo el jefe de los sátiros. Algunos de sus atributos, como los cuernos y pezuñas de cabra, fueron transplantados posteriormente al Satán medieval, el Diablo, simbolizando que los instintos masculinos habían sido definitivamente "satanizados".
 
Uno de los epítetos de Apolo, Karneios, lo asimila hasta cierto punto con el arquetipo de Cronos-Cernunnos. Esta versión de Apolo, que se distinguía por ostentar cuernos de carnero, era celebrada en Esparta durante la festividad de la Carneia, la celebración más importante del país, que duraba nueve días y nueve noches. [6]
 

Apolo Karneios, venerado en Esparta durante la Karneia, la más importante fiesta del país.
 
Encontramos a otro dios con cuerno en Zeus Amón, fruto de la interacción de Grecia y Egipto. Según Pausanias ("Descripción de Grecia", III), en Esparta ya se veneraba a Zeus Amón durante la época de las guerras del Peloponeso (Siglo V AEC), y Heródoto ya menciona consultas hechas a Zeus Amón durante las guerras médicas (mismo siglo). Es posible que aquí no se refieran necesariamente a un Zeus egipcio, sino a una figura de Zeus con cuernos, o incluso a Apolo Karneios.
 
Dos representaciones del misterioso Zeus Amón.
                                                                                      
La figura de Zeus Amón resurge con Alejandro Magno, que utilizaba los dos cuernos en su yelmo como signo de distinción y poder. De hecho, en el Corán (Surah Al-Kahf, 18:83-99) se llama a Alejandro Magno Dhul-Qarnayn (raíz KRN), "el de los dos cuernos". Y es que, tras conquistar Egipto, Alejandro fue proclamado hijo de Zeus-Amón, y se le pasó a representar con cuernos de carnero, igual que a su dios padre.
 
Alejandro Magno como hijo de Zeus Amón en una moneda, muy similar al Apolo Karneios que hemos visto más arriba.
 
Los romanos, un pueblo europeo con una sólida identidad y una rígida tradición, no fueron inmunes a la influencia del dios con cuernos, especialmente teniendo en cuenta que los celtas eran la rama indoeuropea con la que guardaban más similitud. Ellos tuvieron su propia versión del dios cornudo: se trataba de Mercurio, el Hermes romano. Los romanos lo consideraban, además, equivalente al Wotanaz germánico y al Cernunnos celta, ya que designaban los mismos días de la semana y compartían una serie de atributos sospechosamente similares, como los cuernos o alas (conexión con el cielo), su capacidad chamánica de "viajar entre mundos" o su posesión de un eje vertical (lanza o caduceo, una vara por la que ascendían dos serpientes, coronada por dos alas, y asociable a la vara de Asclepios y al bastón de Brahma, que representaba la columna vertebral).
 
  
No es casualidad que el signo romano de Mercurio —el dios que los mismos romanos consideraban equivalente al Cernunos céltico (de hecho, César mencionó que "Mercurio" era el dios más popular en Bretaña y la Galia) o al Wotanaz germánico— tuviese también dos cuernos, ya que los cuernos son el signo de la sabiduría procedente del chamanismo cazador del pasado prehistórico europeo. La forma en la que se disponen los cuernos en el signo de Mercurio es exactamente idéntica a los de muchas deidades sumerias representadas en relieves, como hemos visto más arriba.
 
Que Mercurio, el dios cornudo de Roma, esté relacionado con Wotan, no es casual, ya que Wotan era el jefe de la mayor de las cazas: la Wildes Heer u horda salvaje, que en el Ragnarök se creía lanzarían la mayor cacería de la historia contra los enemigos de los dioses.  Entre los escandinavos y germanos, Odín-Wotan era imaginado con alas en vez de cuernos, y entre los anglosajones, Woden era imaginado con cuernos de ciervo. En ambos casos, portaba como eje vertical una lanza, la versión germánica del caduceo. Por lo demás, entre los germanos, el dios del ciervo por excelencia es Freyr (una palabra que significa "señor"), quien tiene un carro tirado por ciervos y en una ocasión mata al gigante Beli utilizando un cuerno de ciervo. Thor, un dios de la fertilidad celeste y masculina que rige el trueno y conduce un carro tirado por machos cabríos, podría asociarse también a los cuernos, pero no hay apenas representaciones suyas de época, y menos con cuernos.
 
Durante la Europa feudal vemos la renovación de un proceso que ya era obvio en Mesopotamia y en la Antigüedad pagana: la existencia de dos castas, una campesina dedicada a la agricultura y por tanto a lo Neolítico, y otra noble que se dedicaba a la caza y a su herencia paleolítica, mucho más antigua. Este proceso marcó a la nobleza, que étnicamente era en gran medida descendiente directa de las antiguas comunidades cromagnon, como una casta fuerte, aguerrida, ambiciosa, inquieta y de elevada estatura, mientras que los campesinos eran de menor estatura, degeneraban físicamente a temprana edad y a menudo les faltaban todos los dientes cuando les llegaba una muerte prematura. La nobleza germánica estableció celosos cotos privados en bosques donde sólo ellos tenían derecho a cazar, mientras que los campesinos tenían castigada la profanación del coto de caza con la muerte. Sin embargo, el proceso de deforestación ya estaba en marcha, y a lo largo de siglos, se talarían bosques enteros con el fin de obtener leña, arrancarle a la Naturaleza pastos, asentamientos urbanos, campos de cultivo, para construir vastas flotas navales o para mantener de otros modos a una población humana que crecía de forma lenta pero segura, y que expresaba su desarmonía interior en costosísimas y trágicas espirales de violencia fraticida.
 
Esto es una roca rúnica hallada en la isla sueca de Gotland, y datada en torno al Siglo VI. De nuevo, la divinidad cornuda sentada, esta vez con una serpiente en cada mano (algo reminiscente de las diosas con serpientes encontradas en la civilización minoica). El diseño trisqueliano de arriba son tres animales, que han sido identificados como dragón, águila y jabalí.
 
En esta misma época es revelador que el cristianismo, afanado en la tarea de domesticar, amansar y civilizar (en el mal sentido) al hombre arrancándolo de la Naturaleza [7], proscribiese la divinidad masculina y le colocase cuernos al Diablo, asociándolo con criaturas voraces y demoníacas que cazaban libres en el bosque y que representaban el lado bárbaro, primigenio y natural del varón —un lado cuyos derechos están lejos de haber sido reconocidos por el actual sistema occidental, caracterizado por la feminización de los valores y la estrogenización ambiental. Satán es Saturno, quien a su vez es Cronnos-Cernunos-Karneios… En otros casos, la Iglesia acusaba a las "brujas" de rendir culto y mantener relaciones sexuales con el Diablo o con un ídolo cornudo. Esto aparece igualmente en el proceso-exterminio de los templarios en 1314: una de las acusaciones que se les hacía era adorar la estatua de un dios cornudo sentado en posición de meditación y llamado supuestamente Baphomet.
 
Pero a pesar de las represiones, el dios cornudo estaba tan arraigado en los afectos y en el inconsciente colectivo de ciertos pueblos, que a la Iglesia no le quedó otra que aceptarlo y cristianizarlo como si le perteneciese: nació San Nicolás, que en Cornualles (extremo suroestede Inglaterra) conserva aun sus cuernos. Como ejemplo de que los rituales del dios cornudo aun estaban extendidos en el Siglo VII, tenemos un edicto promulgado en tiempos del papa Vitaliano, en el año 669. Este papa fue forzado a mandar una misión al sur de Inglaterra, liderada por San Teodoro de Tarso (procedente de una diócesis bizantina en Asia Menor, y por tanto totalmente extraño a las costumbres de las etnias británicas). Este enajenado mental oriental se convirtió en el nuevo arzobispo de Canterbury, iniciando su mandato con una serie de leyes prohibiendo prácticas paganas. Una de ellas se refería al uso de atuendos animales durante los doce días de Yule (la navidad moderna):
 
Quienquiera vaya durante las calendas de Enero vestido en la forma de un animal, esto es, cambiando su forma por la de un animal, vistiendo la piel de una bestia cornuda, y colocándose la cabeza de una bestia, para aquellos que de tales modos adoptan la apariencia de un animal salvaje, penitencia de tres años (!), ya que es diabólico.
 
 
Otra perspectiva sobre el Merlín de la tradición inglesa
 
Las leyendas no son más que eso: leyendas. El modo de aprender de ellas no es tomándoselas al pie de la letra como si realmente hubiesen tenido lugar punto por punto, sino examinándolas bajo un punto de vista más antropológico y más filosófico, para ver qué nos pueden decir acerca del pueblo que las creó, y no dar la espalda a elementos históricos obvios cuando éstos hacen su aparición. Por poner un ejemplo, El Cid es actualmente un héroe del folklore español, mitificado gradualmente a través de la imaginación e idealismo populares, pero basado en un señor de la guerra castellano histórico —acusado de ser mercenario como si eso fuese malo, pero en cualquier caso, un español valiente al que honrar. El caso de Myrlyn o Merlín es bastante similar. Basado en una figura histórica temprana, pasó con el tiempo a ser mito, y con el auge de las leyendas del rey Arturo, se incorporó al ciclo artúrico, aunque lo más probable es que en un principio no tuviese nada que ver con el mismo, como veremos ahora. Hoy, la imagen distorsionada que nos ha llegado de Merlín es la de una especie de Gandalf con gorro a lo KKK y túnica cubierta de estrellas.
 
El anglo-ruso Nikolai Tolstoy [8], indaga en muchísimos aspectos de la cultura céltica y nos proporciona en su libro "Quest for Merlin" un estudio serio acerca de los orígenes de su leyenda y de sus probables contrapartidas históricas. La tesis central de Tolstoy es que el personaje que formó la base de la leyenda de Merlín, Myrddin, está basado en un hombre que vivió en el Siglo VI [9] entre la muralla de Adriano y la muralla Antonina —estructuras fortificadas erigidas antaño por los romanos para proteger los territorios conquistados contra los feroces ataques de los pictos, y que habían sido rebasados cuando las legiones abandonaron Gran Bretaña dos siglos antes. El personaje, llamado Lailoken en algunas fuentes, sería el bardo del rey de la zona.
 
El mapa representa las dos murallas que construyeron los britano-romanos para contener los feroces ataques del Norte, donde había reinos pictos que nunca cayeron en la órbita romana. La zona tenía un clima extremadamente duro por aquel entonces (más que en el presente, debido a la presencia de espesos bosques en el Mediterráneo que tendían a atrapar los aires cálidos en el Sur), estaba cubierta por densos bosques y constituyó un reducto de cultura céltica, ante el avance romano primero y ante el avance cristiano después.
 
En el Siglo IV, la retirada romana había dejado la isla patas arriba. Comenzaron a erigirse señores de la guerra locales que se enzarzaron en guerras civiles. Las etnias anglosajonas, procedentes de Holanda, el norte de Alemania y Dinamarca, estaban colonizando el este de Gran Bretaña. El cristianismo y el latín iban afianzándose en zonas célticas allá donde ni los romanos habían podido imponerse, y ello estaba produciendo una fractura en Gran Bretaña que agravaba aun más el caos civil. Desde las urbes britano-romanas del Sur, florecían centros de poder bien organizados e imbuidos de mentalidad romana, mientras que en los bosques subsistían feroces clanes célticos donde la agricultura y la ganadería no tenían apenas implantación y que permanecían endiabladamente fieles a las costumbres de sus antepasados.
 
Tolstoy rastrea a Merlín hasta Escocia, en el monte Hart Fell, situado en el centro del Bosque Caledonio. El bosque era el corazón del territorio de una tribu celta llamada los selgovae, quienes habían permanecido hostiles al poder romano. La zona estaba gobernada por el rey Gwenddolau, quien tenía a Merlín como bardo. En la sociedad céltica, los bardos, además de músicos, eran los depositarios de importantes tradiciones orales transmitidas de generación en generación. Se les consideraba hombres sabios, intermediarios entre dioses y hombres, y en cierto modo como la voz de la memoria ancestral.
 
En el año 573, el rey Gwenddolau se enfrentó a las fuerzas de Rhydderch Hael de Strathclyde, quien gobernaba un reino cristiano, al parecer más volcado en convertir por la fuerza a sus vecinos que en resistir la invasión anglosajona. Tras un encarnizado combate en la Batalla de Arderydd, el ejército cristiano de Rhydderch se hizo con la victoria. El rey pagano Gwenddolau cayó en combate. Para Merlín, la conmoción de ver derrotada a su gente, muerto a su rey y pisoteadas sus tradiciones fue tan atroz que, según las fuentes populares manejadas por Tolstoy, perdió el juicio y se retiró al bosque, donde vivió como un cazador-recolector, profetizando y meditando en compañía de un lobo hasta el día de su muerte. La leyenda popular afirma que se vistió con las pieles y los cuernos de los animales, que comía con ellos y que acabó obteniendo un control sobrenatural sobre su comportamiento, el vuelo de los pájaros y la formación de las nieblas. De aquí en adelante, Merlín pasó al imaginario colectivo como Lord of the Animals, the Horned One ("señor de los animales, el cornudo") —un obvio símil con la figura de Cernunnos.
 
La revisión histórica hecha por Tolstoy arroja más luz sobre la leyenda. Para él, el monte de Hart Fell (808 metros) era un lugar de profunda significancia, no sólo estratégica (se divisaba toda la región desde su cumbre), sino también espiritual, ya que se encontraba al lado de zonas asociadas al culto ancestral (como Devil’s Beef o "carne del Diablo", un profundo circo glaciar reminiscente de la forma de una marmita) y a las fuentes de tres ríos importantes (el Tweed siendo el más notable). Esto tendría un simbolismo muy especial para un bardo céltico, que pensaba que los ríos y otras fuerzas de la Naturaleza estaban dotados de poderes santos. Por otro lado, la zona se había convertido, tras la Batalla de Arderydd, en un omphalos, un centro de la tradición céltica, durante una época en la que muchos celtas estaban perdiendo su identidad y convirtiéndose al cristianismo.
 
La zona de Hart Fell. Este lugar fue zona de choque entre celtas y romanos, luego entre celtas paganos y celtas cristianos, más adelante entre celtas y germanos, y finalmente entre ingleses y vikingos.
 
Tolstoy también analiza el proceso por el cual Merlín se "volvió loco" bajo un punto de vista psicológico, y relaciona el fenómeno con el trance o "llamada mística", una alteración de la conciencia experimentada por los chamanes de algunas culturas primitivas. Estas experiencias a menudo tienen como resultado que el sujeto pase largo tiempo de aislamiento auto-impuesto en un entorno salvaje, para limpiar su espíritu de distracciones y "comunicarse con sus dioses". La conducta de Merlín habría estado, pues, más próxima a una experiencia religiosa que a un crack nervioso. Esta teoría queda reforzada por el hecho de que, como líder espiritual de su pueblo, el bardo estaba encargado de inflamar la fiebre de combate de los guerreros (los romanos tienen interesantes testimonios acerca de la enorme influencia que tenían bardos y druidas en el ánimo de su gente). Entre esto y que la batalla de Arderydd fue librada en un lugar de especial relevancia emocional para los celtas, no es nada aventurado afirmar que durante el combate las pasiones estaban encendidas más de lo habitual, y que la rabia posterior de ver a su gente masacrada fuese la chispa que inició la alteración de su conciencia. Bajo un punto de vista más pragmático, Merlín era también el líder en torno al cual podía aglutinarse una resistencia, y como tal, sería objeto de persecución por parte de los vencedores de la batalla. Retirándose al bosque caledonio, podría dirigir una guerrilla de baja intensidad y mantener viva la fe ancestral de un modo clandestino. Esto tiene cierto sentido, ya que unos años después de los eventos señalados, el mundo britano-romano-cristiano entró en crisis, las estructuras sociales se colapsaron, las ciudades fueron abandonadas y las autoridades eclesiásticas de la isla expresaron su preocupación por el regreso del paganismo en muchas zonas célticas. Esto hubiese sido difícil sin un núcleo underground herético, capaz de conservar y transmitir estas tradiciones de una forma poderosa.
 
Finalmente, los nuevos invasores anglosajones acabarían ocupando el vacío de poder del mismo modo que los visigodos lo ocuparon en España, y Gran Bretaña volvió definitivamente al paganismo —esta vez, al paganismo germánico— mientras los celtas quedaban arrinconados al norte y oeste de la isla. Sin embargo, Merlín debió ser una figura bastante relevante, ya que se le menciona en obras escritas siglos después de su existencia, y su nombre ha pasado finalmente al folklore inglés, a pesar de la implantación de la cultura anglosajona. Esto puede deberse al ciclo artúrico, que representa a un rey celta de Gales o el suroeste de Inglaterra en una época en la que el cristianismo había absorbido muchos elementos célticos (dragones, magia, símbolos paganos) y cuya fama creció en sus guerras contra los anglosajones, hasta que finalmente englobó otros héroes folklóricos de diversas regiones británicas —incluyendo la de Merlín, que se había convertido en pancéltica tras ser transplantada a Gales como Myrddyn.
 
La figura de Merlín cuadra en el contexto del dios con cuernos ante todo por la obvia relación con el Cernunnos ancestral, pero también porque muchísimos otros elementos célticos como éste pasaron a engrosar el imaginario medieval, como por ejemplo la idea de Grial o el mundo de los trovadores, generalmente asociados a corrientes heréticas (como la cátara) que fueron salvajemente reprimidas por la Iglesia.
 
 
Herne el cazador
                   
En pleno Siglo XIV tenemos otra leyenda inglesa que entronca directamente con el mito indoeuropeo común de la Wildes Heer o caza salvaje, arraigado en la memoria genética del pueblo.
 
Según la leyenda popular inglesa, Herne era un guardián y cazador empleado por el rey Ricardo II (reinó 1377-1399) en torno al bosque de Windsor. Su trabajo se le daba tan bien que el resto de empleados del rey le tenían no poca envidia. En una ocasión, mientras el rey cazaba en el bosque de Windsor, apareció un gran venado blanco que arrojó al monarca de su montura y lo atacó con los cuernos. El rey hubiera muerto de no ser porque Herne se interpuso y le cortó el cuello al animal, salvando a su señor, pero quedando él fatalmente herido. Mientras agonizaba moribundo, apareció un extraño curandero local llamado Urswick, que le ofreció al rey curar al cazador. Sin embargo, la condición acordada con el rey y con el resto de cazadores era que Herne perdería todas sus cualidades de cazador y toda su experiencia. El rey accedió al trato para apaciguar la envidia de sus empleados, y el curandero selló la regeneración de Herne atándole a la cabeza los cuernos del animal, que inmediatamente se fijaron a su cráneo como si siempre hubieran estado allí. Herne perdió su posición por el olvido del arte de la caza y, acusado falsamente de robo por los otros cazadores, perdió el favor del rey. Ese mismo día, un vendedor ambulante encontró el cuerpo del pobre cazador ahorcado en un roble en el bosque. Sin embargo, para cuando la noticia se había propagado y acudieron a buscarlo, el cadáver había desaparecido misteriosamente. Por la noche, el roble del que se había ahorcado Herne fue alcanzado por un rayo. A la mañana siguiente, el resto de cazadores se dieron cuenta de que habían perdido también sus facultades de caza. Estremecidos, consultaron con el enigmático Urswick cómo podían recuperar sus cualidades, y éste les contestó que debían reunirse en el roble a medianoche. Allí, se les apareció el fantasma de Herne, aun con los cuernos sobre su cabeza. Les dijo a los aterrorizados cazadores que fuesen a buscar caballos, mastines fieros, armas y equipamiento, y que preparasen una cacería para la siguiente medianoche. Durante la misma, Urswick se les apareció y les hizo saber el precio por haber despojado a Herne de sus dotes de cazador: tendrían que unirse a él en la caza salvaje para toda la eternidad. De ahí en adelante, el macabro grupo, con Herne a la cabeza, se reunía cada medianoche, mataba a los ciervos del rey y aterrorizaba toda la zona con su presencia fantasmal, hasta que el rey Ricardo decidió cabalgar hasta Herne y hablar con él. El cazador le dijo al monarca que sólo buscaba venganza, y que dejaría de asolar la zona durante el resto de su reinado si hacía ahorcar al resto de cazadores del mismo roble del que se había ahorcado él. El rey accedió, y no se volvió a saber nada de Herne en el reino hasta su abdicación en 1399. El ex-monarca murió de hambre al año siguiente en el castillo de Pontefract, a instancias de su propio primo, Enrique IV, sellando la venganza de Herne por la ingratitud del rey cuya vida había salvado.
 
 
 
 
En adelante, el arquetipo de Herne the Hunter quedó anclado en la psique colectiva como fantasma de la zona, y desde entonces muchos aseguran haberlo visto al frente de su horda salvaje, cabalgando por el bosque rodeado de fieros mastines, como una más de tantas leyendas sobre fantasmales cacerías ambulantes en busca de almas, encontradas a lo largo y ancho de Europa. Shakespeare menciona a Herne en 1597, en su obra "Las alegres comadres de Windsor", como un fantasma al cual temer, retirado en el bosque (el instinto, el subconsciente) y aterrorizando las mentes del mundo civilizado. En 1796, el roble de Herne fue talado accidentalmente, y en torno a la zona se plantaron otros, pero los obstinados rumores populares, emanados de un inconsciente colectivo difícil de dominar, repetían que en noches particularmente tormentosas, aparecía el fantasma del árbol.
 
En los años 30 del Siglo XX, 450 años después de que el último cazador de Windsor donase unas propiedades a una parroquia, la transladaron de sitio, y durante las excavaciones encontraron un extraño objeto. Se trataba de un ídolo de indudables tintes paganos, con el rostro de un hombre, incluyendo bigote y barba, pero los cuernos y las orejas de un ciervo. Pasó a ser conocido como la "máscara de Herne". Antes de la II Guerra Mundial, la iglesia local la reclamó, y se colocó en el jardín de la parroquia de Park Street.  Después de la Guerra, el objeto pasó al museo de la iglesia, hasta que en 1963 fue misteriosamente robado.
 
Este boceto es la única imagen que se conserva de la máscara robada en 1963. Fue dibujado por Michael Bayley, hijo del hombre que la encontró en los años 30. Compárese con la imagen de Cernunnos, más abajo, encontrada en el Pilier des Nautes.
                                                                                     
Se le puede sacar bastante jugo a esta leyenda. Por un lado, hay una cierta moraleja de que el mundo civilizado no puede explotar las virtudes del hombre cazador y luego traicionarlo sin pagar las consecuencias. Herne es también un arquetipo ancestral que reaparece una y otra vez a lo largo del tiempo debido a que la misma herencia genética está presente e impulsa la repetición de acontecimientos arquetípicos similares. Pero por otro lado hay que prestar atención al mismo nombre de "Herne". Si el latín cornu (cuerno) es equivalente al horn inglés, es lógico pensar que una divinidad local de nombre Cernu(nnos) acabase germanizada como "Herne". Asimismo, Herne se cuelga en un árbol, con los pies fuera de la tierra, igual que lo hizo Wotan para acceder al secreto de las runas (no hay que olvidar que el Woden anglosajón llevaba cuernos de ciervo y que la zona de Windsor había sido un importante núcleo anglo). El posterior arquetipo del roble alcanzado por el rayo es una obvia alusión al renacimiento del alma y a la iluminación: es una runa Sig cayendo sobre una runa Hagal o Heil, el eje del mundo, pero también signo del propio eje interior del hombre. Herne representa al hombre cazador originario, desterrado a las sombras del subconsciente humano por el mundo civilizado, y asomando de vez en cuando para recordar a los mortales que no ha muerto.
 
"El colgado" es un arquetipo bastante recurrente en el esoterismo (por ejemplo en el tarot), y que hunde sus raíces en el Wotan germánico, quien se colgó del árbol del mundo para que el abismo primordial le revelase el conocimiento de las runas. En la leyenda popular inglesa, Herne el Cazador se ahorcó tras perder el favor de su rey, pero cuando fueron a buscar su cuerpo, desapareció, y a la noche siguiente un rayo alcanzó el roble en el que se había colgado.
 
Es curioso que posteriormente se le haya dado a Herne el Cazador una antigüedad mayor, asociándolo con Robin Hood, ya que se trata de otro arquetipo folklórico de un significado profundo. Robin, un noble sajón, se echa al bosque de Sherwood con sus seguidores para combatir a otra invasión procedente del Sur, esta vez a los señores feudales normandos, que han prohibido a los sajones cazar en el bosque bajo pena de muerte. Robin Hood representaría la reivindicación sajona del derecho a entrar en el bosque para cazar y recolectar, y como tal es comprensible la inserción de Herne the Hunter como "chamán" pagano que aconseja al rebelde, del mismo modo que Merlín aconsejaba a Arturo.
 
En el parque de Windsor aun se informa sobre supuestas apariciones de Herne the Hunter y el aullido de sus mastines. Los informes de apariciones parecen darse esencialmente cuando Inglaterra se encuentra en momentos cruciales de su Historia, como antes de la Gran Depresión y de ambas guerras mundiales.
                    
La leyenda de Herne the Hunter muestra que en la Inglaterra del Siglo XIV aun pervivía la imagen colectiva del dios cazador, y que había habido una mezcla de elementos simbólicos ancestrales tanto célticos como germánicos.
 
Ya en el resto de nuestro continente, a finales del Siglo XV el Renacimiento propició un auge de la moda paganizante, y hasta tal punto arrasó esta moda que en el mismísimo Vaticano se erigieron estatuas a los antiguos dioses de Roma, e incluso las figuras de santos y figuras bíblicas presentaban un aire inequívocamente pagano.
 
Incluso en el Siglo XVI, en pleno Renacimiento y auge de la moda paganizante en el seno del mismísimo Vaticano, las cosas no estaban como para colocarles a las esculturas grandes cornamentas. Miguel Ángel se conformó con un par de cuernos discretos para representar la "sabiduría" del supuesto Moisés, cosa aun así bastante fuerte en una época de persecuciones religiosas que consideraba que los cuernos eran la señal inequívoca del Diablo. La escultura, en realidad, representa un arquetipo universal: la figura del dador de leyes, pastor de tribus y fundador de pueblos, un patriarca remoto que fue llamado Menes en Egipto, Manú en India y Mannuz entre los germanos.
 
Por desgracia, debido a la gran prosperidad generada en la época, el Renacimiento vio también el auge de una extraña casta que es tan antigua como la misma civilización: la de los comerciantes, los burgueses, aquellos que no eran ni cazadores ni campesinos, sino que se dedicaban a mover objetos de un lado a otro y acumular dinero. Para esta clase, en la que los judíos se hallaban fuertemente representados, los privilegios y las tradiciones de la Europa antigua actuaban como un corsé que limitaba sus planes de expansión económica y aumento del poder. Por ello no sorprende que prestasen su apoyo a los movimientos protestantes, volcados en desmantelar el mundo feudal y dividir el Sacro Imperio Romano-Germánico en estados católicos y protestantes, en guerra entre sí. Este fenómeno supuso el recrudecimiento del extremismo en ambos bandos (reforma vs. contrarreforma, calvinistas vs. jesuitas), el olvido de las tradiciones clásicas rescatadas, y la persecución feroz de "brujas", "herejes", "licántropos" y todo tipo de disidentes, algunos de los cuales eran sencillamente individuos que vivían una vida alejada en el bosque y que estaban familiarizados con las propiedades curativas de las plantas. La Guerra de los Treinta Años supuso el golpe de gracia a lo que quedaba del mundo medieval. Zonas enteras de Centroeuropa fueron arrasadas por las incursiones enemigas y/o las cazas de brujas, Alemania perdió la mitad de su población masculina (algunas regiones hasta el 80% de su población total) y, en conjunción con las pestes que habían asolado nuestro continente debido a la pérdida del conocimiento medicinal tradicional y la falta de higiene de las sociedades cristianas, Europa perdió prácticamente un tercio de su población, quedando Francia consagrada como la principal superpotencia europea.
 
 
Ésta es una imagen del dios céltico Cernunnos, que se remonta a la Lutetia (París) galo-romana de principios de la Era Común. Forma parte del Pillier des Nautes (Pilar de los Nautas), un monumento erigido en una zona considerada santa por los galos. Con la decadencia del mundo romano, el Pillier des Nautes cayó en el olvido, y en el año 528, durante la época merovingia, los cristianos erigieron una iglesia (la de Saint Étienne) en su lugar. En el año 1163, en época de los templarios, se edificó sobre la iglesia un nuevo templo: la famosa catedral de Notre-Dame de París.  Siglos después, en tiempos del "rey sol" Luís XIV (año 1710), mientras llevaban al cabo una excavación de una cripta subterránea, los trabajadores encontraron el santuario precristiano original, incluyendo esta imagen. Compárese con la máscara de Herne el Cazador de más arriba.
 
La nueva casta burguesa, que tenía sus orígenes en los primeros comerciantes de las primeras civilizaciones mesopotamias pero que nunca antes había acumulado tanto poder en sus manos, encontró en la Masonería un instrumento eficaz para predicar sus cambios, y en el dinero judío el combustible de su acción. Esta institución fue el motor de las revoluciones liberales que hicieron en el mundo católico lo que las protestantes más radicales no habían podido hacer: desmantelar los vestigios de la Edad Media, de lo aristocrático y de cualquier valor ancestral no basado en el dinero, sino en la sangre. En la Inglaterra de 1649, una extraña alianza entre el Parlamento y las corrientes protestantes subversivas hizo decapitar al rey, Carlos I (esta acción causó una conmoción atroz en una época en la que el rey era visto como una figura popular protectora, una imagen tradicional), instaurando como dictador a Cromwell, un puritano fanático que arremetió contra los iconos religiosos y las tradiciones folklóricas del campo, considerándolas "idolatría". Estados Unidos (donde se habían acumulado muchos disigentes religiosos puritanos que veían al rey de Inglaterra como el Papa de turno) fue el escenario de la primera revolución masónica-burguesa en 1776, y Francia (la mayor potencia de Europa, donde el protestantismo de los hugonotes antaño había sido derrotado por muy poco) de una muchísimo peor en 1789. El proceso se iría estrechando con las revoluciones liberales de todo el Siglo XIX, y se concluiría con la I Guerra Mundial.
 
Los ilustrados, que pertenecían a un grupo social —la burguesía urbana— desarraigado de su naturaleza instintiva, corrompido por la comodidad y deslumbrado por los avances de la civilización, no hacían distinción entre las enseñanzas de la Iglesia y las creencias ancestrales del mundo rural: ambas eran supersticiones irracionales que debían ser arrancadas para que el conocimiento racional adquiriese proporciones monstruosas a costa de la Naturaleza y del instinto —que es lo que está pasando hoy. Goya tiene un cuadro que critica la Inquisición (aun activa a principios del Siglo XIX, afanada en extirpar el liberalismo), pero también pintó éste ("El Aquelarre") caricaturizando como siniestras las tradiciones folklóricas del mundo aldeano, donde aun subsistían costumbres muy paganizantes.
 
La Revolución Industrial, con sus importantes contrapartidas político-revolucionarias a lo largo de todo el Siglo XIX europeo e hispanoamericano, supuso un nuevo salto adelante en el proceso de deforestación, urbanización, mestizaje étnico y pérdida de la identidad comenzado por el Neolítico, y ahora se añadía el agravante de la contaminación química, procedente de fábricas que vomitaban espeso humo a una atmósfera otrora pura. Poco a poco, los reductos rurales tradicionales donde aun pervivía el folklore ancestral, fueron cayendo uno a uno debido a la emigración de sus jóvenes hacia los irresistibles imanes urbanos o bien hacia las Américas. En las siniestras y grises colmenas urbanas, a aquellos hijos de la tierra les esperaba una vida de embrutecimiento, pérdida de su conciencia ancestral y transformación en simples proletarios que caerían fácilmente en las garras del comunismo.
 
Highgate, norte de Londres, 1909. En esta zona londinense había varios locales donde se hacía jurar a forasteros sobre dos cuernos de ciervo, representados aquí sobre un eje a modo de copa, recitando: "Both men and maids are sworn/ and consecreate the oath/ with dance and draught till morn", una tradición bien alejada del mundo de la Iglesia y especialmente de la mentalidad protestante. En Inglaterra existieron algunos grupos esotéricos, como ciertas facciones de la Golden Dawn, partidarias de un acuerdo con Alemania en la época anterior a la II Guerra Mundial. El Duque de Hamilton, con el que quiso entrevistarse Rudolf Hess cuando voló a Inglaterra, pertenecía a uno de ellos. "Londres" viene del céltico Londo, que significa "lugar salvaje". Ahora es una ciudad africana y asiática.
 
Sin embargo, este proceso industrial de desarraigo y nivelación tuvo su reacción en grupos fieles a su herencia, que preconizaron un regreso a los orígenes, rescatar los mitos de los antepasados y proteger su integridad étnica. En Alemania, los grupos völkisch y los wandervögel se hicieron famosos por su vuelta a la Naturaleza, su rechazo a la vida urbana y su creciente interés por la espiritualidad ancestral. Después de la I Guerra Mundial (la operación de introducir el liberalismo en los imperios autocráticos que aun subsistían), este movimiento, este sentimiento colectivo, estaba destinado a crecer hasta que tomó formas subversivas en grupos paganizantes como laThule Gesellschaft, y luego político-militares bajo la Alemania nazi. Si miramos hacia las Juventudes Hitlerianas o las SS, hacia las medidas económicas alemanas (que prohibieron la usura y acabaron con el interés del dinero), podremos advertir claramente el deseo de retornar a la vida en la Naturaleza y recuperar las facultades de un cuerpo puro y sano. A esta corriente se le opuso tan vehementemente la voluntad industrializadora, niveladora, igualitaria, corruptora y deshumanizadora del mundo, que el apátrida mundo capitalista y comunista le hizo la guerra total a Alemania hasta arrasarla, como ya había sucedido durante la Guerra de los Treinta Años.
 
Arriba a la izquierda, 31ª División SS de granaderos voluntarios (Bohemia y Moravia). El ciervo viene a ser la versión bárbara del signo de la copa y del Axis Mundi o eje del mundo, pero también del propio eje interior del hombre, su árbol de chakras. El resto de imágenes con los cráneos de ciervo se corresponden con regalia de la Asociación de Cazadores del Reich. Una vez más, el símbolo del ciervo indisolublemente unido al cazador.
 
Tras la derrota de aquellos herederos de la sangre de los cazadores europeos originarios, el proceso iniciado por el Neolítico está llegando a su cénit. Los bosques europeos han sido reducidos a extensiones ridículas, las ciudades se han convertido en pulpos monstruosos y contaminados, el campo se ha despoblado, ha aparecido la alimentación procesada industrial, no existen tradiciones de caza —de ir a conseguir lo que queremos—, sino que hay una mentalidad de que todo se nos tiene que dar hecho, la salud ha degenerado de una forma tremenda, las mentes humanas están dominadas por ideas falsas impuestas por la nueva Iglesia, y la definitiva corriente migratoria tercermundista amenaza con disolver lo poco que queda de la genética europea originaria, condenando a Occidente a una próxima etapa de luchas étnicas y conflictos civiles. En este panorama, sólo subsisten algunas costumbres folklóricas que son estudiadas más como una curiosidad típica de la zona que como una tradición llena de significado, como por ejemplo la Horn Dance (danza del cuerno), una danza ritual llevada al cabo con cuernos de ciervo en el pueblo inglés de Abbots Bromley, y modestamente equiparable a las procesiones del mundo católico, aunque de aire mucho más paganizante. Un análisis de Carbono 14 ha mostrado que los cuernos utilizados en la danza datan del Siglo XI (!), aunque bien podrían haber reemplazado un conjunto de cuernos aun más antiguo. Desde entonces, la danza se ha llevado al cabo todos los años, salvo en el Siglo XVII durante la dictadura del fanático puritano Cromwell, para quien el folklore era un vestigio de idolatría.
 
El aspecto de los participantes en la "Horn Dance" de Abbots Bromley a principios del siglo pasado. Este ritual, de origen pagano, y que parece sacado directamente del Paleolítico, servía probablemente en los tiempos antiguos para reafirmar los derechos de caza de la comunidad en el bosque cercano. Hacer click aquí para ver el aspecto que ofrece esta celebración en la actualidad.


 
 
NOTAS:
 
[1] En otros casos una herradura, que aun hoy es signo de buena suerte en las naciones de herencia céltica. En todo caso, se trata de un signo de media luna apuntando al cielo como los cuernos de un animal, o como una copa. 
 
[2] El signo de la fuerza telúrica ascendente, o en el caso del genius romano, de la fuerza procreadora varonil. 
 
[3] Cronos era el rey de la edad de oro según la mitología griega. Si lo asimilamos a la figura de Cernunnos, Apolo Karneios, Saturno (demonizado como Satán), se podría  concluir que el dios primigenio con cuernos era el rey de la edad de oro, una era en la que el hombre vivía en armonía con el Recto Orden del Cosmos y que el caldenario hinduista, que bebía de las mismas fuentes indoeuropeas originarias, sitúa en el Paleolítico cazador-recolector.
 
[4] De la raíz KRN procede la actual palabra "cuerno", pero también "corona", (versión "civilizada" de la cornamenta o del aura), "carnero" (el primer signo del Zodiaco, y animal totémico del Zeus-Ammon que hemos visto antes, además del mencionado Apolo Karneios), "cráneo" (otro fetiche celta), "carne" (que evolutivamente favoreció el desarrollo del cráneo), kernel (semilla o núcleo, de nuevo el centro inmóvil), "carnaval" (la fiesta actual que tiene más tintes paganos con diferencia), Cerinia (la montaña de donde procedía la cierva consagrada a Artemisa, con cuernos de oro y pezuñas de bronce, que Heracles debía capturar) o el griego keraunós (el rayo, fuerza celeste manejada por Zeus y sus demás homólogos indoeuropeos). También procede de esta raíz la queratina, que es la sustancia principal hallada en los cuernos (también en pezuñas, pelo, plumas y uñas), una proteína muy rica en azufre. El azufre era el principio masculino y activo de la alquimia. El principio femenino y pasivo era el mercurio.
 
[5] Esto contrasta con Roma, de mayor herencia nordico-roja además de néxida, donde los patricios originales se enorgullecían de trabajar la tierra con sus manos y de comparecer en el senado con las togas manchadas de tierra. En Esparta, el caso opuesto, trabajar la tierra era una labor considerada baja y propia de la casta subyugada de los helotas.
 
[6] El mismo tiempo que Odín —otro descendiente del dios cornudo, como veremos— pendió autosacrificado con la cabeza en la tierra y los pies en el cielo para conocer el misterio de las runas. Nueve días son los que tardó también Apolo en nacer.
 
[7] No hay que olvidar que el cristianismo surgió del judaísmo, que a su vez surgió en una zona de caos étnico caracterizado por la pérdida de identidad y el mestizaje de una miríada de pueblos de procedencia diversa. Asimismo, Israel, tierra de origen de ambas corrientes religiosas, ha conocido la civilización durante 12.000 años (desde la Cultura Natufiense), más que ninguna otra región del planeta. El proceso de urbanización y colonización iniciado por los griegos y continuado con los romanos, así como la penetración de las legiones romanas en el avispero judío, facilitó el auge de toda una casta de esclavos judíos desarraigados y "cosmopolitas", como lo fue el mismo San Pablo. Junto con la presencia de una importante clase marginal en las ciudades del Imperio Romano, esto constituyó un caldo de cultivo ideal para una corriente religiosa tan urbana y extraña como el cristianismo. 
 
[8] Hijo de exiliados rusos en Inglaterra, primo lejano del famoso autor León Tolstoi y relacionado con el derechista UK Independent Party. Tras ser llamado en 1988 a Israel como testigo del juicio de John Demjankuk (un ex-SS y supuesto "criminal de guerra"), Nikolai Tolstoi causó gran polémica criticando los vergonzosos métodos del tribunal israelí. Asimismo, en su libro "The minister and the Massacres", Tolstoy recopila numerosos datos que dejan con el culo al aire todo el montaje de la Segunda Guerra Mundial, ya que indaga en los siniestros motivos que tuvieron los jefes aliados para defender a la Unión Soviética y hacerle la guerra a Alemania.
 
[9] Se trata de una época de convulsión, en la que la nueva invasión germánica desde el sur estaba provocando un éxodo de celtas hacia el Norte y Oeste, con los transtornos que ello implicaba. Un líder celta del sur de Inglaterra, Emrys (llamado Ambrosius Aureliannus por el historiador Gildas), proclamó que el dragón rojo (los celtas) acabarían triunfando sobre el dragón blanco (los anglosajones germanos), una profecía que dice mucho acerca de la visión racial que tenía esa gente. Lo cierto es que aunque Inglaterra fue conquistada por los anglosajones y luego en gran medida colonizada por escandinavos, la mentalidad, y hasta los linajes paternos (R1b) asociados con los celtas originarios, acabaron predominando en gran medida.
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