Hubert Benoit

13.12.2013 17:06

Resulta sorprendente, pero no extraño, constatar la poca información disponible en torno a la vida personal del notable budista, escritor, médico, psiquiatra y realizador que es Hubert Benoit. Sorprendente, porque es prácticamente contemporáneo nuestro; nacido en Nancy, Francia, el 21 de Marzo de 1904 y fallecido en París el 28 de Octubre de 1992. No resulta extraño sin embargo, si se aprecia la profundidad de su existir y la total concentración que mantuvo a lo largo de su vida en el mundo interior del hombre y las más elevadas realizaciones espirituales, como puede desprenderse de una atenta lectura de sus obras.

H. Benoit obtuvo el título de médico por el año 1935 luego de culminar sus estudios académicos, los que realizaba conjuntamente con los de violín, en el Conservatorio de Nancy. Se dedicó a la cirugía, que practicó por doce años, y como tal le tocó participar en la Segunda Guerra Mundial, y en particular como miembro de la defensa civil en la Batalla de Normandía, donde fue alcanzado por el bombardeo aliado, en Saint-Lô, en la madrugada del 7 de Junio de 1944, en las postrimerías del conflicto.

La gravedad de sus lesiones lo mantuvo por años postrado en cama, período en el que fue sometido a múltiples operaciones, y a pesar de lo casi milagroso de su recuperación, quedó con secuelas que le impidieron volver a practicar la cirugía y el disfrute de su violín.

En esa época era discípulo directo de Gurdjieff, junto con Luc Dietrich quien estaba con él durante el bombardeo y que falleció a consecuencia de sus heridas un mes después. Fue afortunado al contactarse con D. T. Suzuki, quien lo adoptó como discípulo predilecto y lo ayudó a salir de su invalidez durante seis años.

Aprovechó la larga convalecencia para estudiar psiquiatría, y para adentrarse y profundizar en el budismo, el taoísmo, la metafísica y la meditación. Luego de su convalecencia, practicó la psiquiatría durante treinta y cinco años en París, paralelo a la publicación de sus estudios y los metódicos hallazgos de sus investigaciones en el alma humana. Toda su vida sintió la necesidad de conocer la condición humana y de buscar la vía de la realización intemporal del hombre. Su método de tratamiento lanza un puente entre el caso psicológico particular y las leyes metafísicas generales, necesarias para la interpretación profunda de los síntomas.

La base fundamental de Benoit en cuanto a influencia se encuentra en el budismo Zen, y en particular, en la línea del Chan, un budismo chino temprano, nacido de la fusión entre el Budismo hindú – llevado por el monje Bodhidharma en el siglo VI a la China – y el Taoísmo, que ya existía en ese país desde época remota. Al ser trasplantado al Japón, el Chan es lo que conocemos como Budismo Zen en la actualidad. El ideograma es el mismo, pero se pronuncia diferente en chino y en japonés. Es traducción de la palabra sánscrita Dhyana, que significa meditación.

El Chan fue impulsado principalmente por el Sexto Patriarca, Hui Neng, figura cumbre en esa línea, quien busca ir al centro de la experiencia más que a descripciones o análisis o concepciones teóricas. El budismo Chan no busca la felicidad ni hace referencia a asuntos sociales, existenciales o de relaciones humanas; no postula la existencia de algún Creador o ser superior de ningún tipo ni fuerzas espirituales disponibles a los hombres más que el Chi, energía unificadora de todo lo existente.

Poco más se puede saber sobre la vida personal de Benoit en cuanto a hechos externos o anecdóticos. Se le puede imaginar como un hombre reservado, introspectivo, observador, meticuloso, sensible y profundo. Se evidencia, al leer sus obras, que su verdadera vida sucedía deliberadamente adentro, que su centro de atención, de interés, de observación y aprendizaje no se encontraba en el mundo de los hechos históricos, y que por tanto, cualquier evento de su vida personal quedaba en segundo plano respecto del cauce profundo que absorbía su mirada y su agudo discernimiento.

Se sabe que era discípulo de Gurdjieff en la época de su accidente, por referencias respecto de él de otros alumnos contemporáneos. Se sabe que mantuvo una larga y estrecha relación con D. T. Suzuki, de quien tradujo del inglés y prologó uno de sus libros: “Le Non-Mental selon la Pensée Zen”, (basado en el Sutra de Hui-Neng). Se sabe que en gran medida su difusión al mundo anglo parlante, y con ello al planeta entero, es debida a las traducciones que de sus escritos en francés hiciera Aldous Huxley. Y aunque se le reconoce como budista, es evidente la influencia de las otras líneas espirituales de las que se nutrió, lo que, sumado a sus estudios de psiquiatría tradicional, le permitió hacer una extraordinaria síntesis entre la tradición oriental y el conocimiento occidental, aplicable a un ser único, individual y a la vez universal: el alma humana, tanto en sus trampas y meandros como en todo su potencial de plenitud.

Hablar de Benoit, por tanto, no es hablar de Benoit, sino de los conceptos que expone, de sus descripciones, de sus investigaciones y observaciones acerca de la vivencia interior, de la experiencia subjetiva y lo que subyace a ella. Podemos imaginar que Benoit no querría hablar de Benoit, sino de lo que permanece, de lo que es eterno y común a todos los hombres, de la esencia y realización del Ser. Sin embargo, no hablamos de una suerte de meta-persona, sino de alguien cuyas marcadoras experiencias biográficas están innegablemente ligadas a su desenvolvimiento humano. Una misteriosa mano del destino pareció conducirlo a través de hechos traumáticos hacia la introspección trascendente; su arte fue capitalizar esas oportunidades en una visión paulatina y crecientemente más profunda y penetrante, y en ser capaz de traducir en palabras lo que está más allá de ellas.

Leer a Benoit

Resultaría arrogante dar por visto a Benoit o considerarlo asimilado o digerido, aún después de varias lecturas. Entrar en sus escritos es una literal inmersión en un mundo en el que habitualmente las palabras, o bien sobran, o no resultan suficientes. Y sin embargo, en sus textos, el lector es conducido a través de una coherencia racional de enorme precisión y claridad, paralelamente a una sugerencia implicada que si bien no está explícitamente descrita, se encuentra plenamente allí, entre líneas. La lectura, por tanto, exige múltiples facultades, o grados de atención, por parte de quien lee. Es que este verdadero relojero del alma no deja cabo suelto ni punto por esclarecer, ni da espacio a vaguedades o licencias ambiguas. La exactitud y precisión del lenguaje se desgrana detallada y minuciosamente, línea tras línea, abordando todas las formas posibles para iluminar la comprensión, pero de alguna forma aquello a lo que alude no se encuentra en la forma concreta de las palabras, aunque impregna todo el texto. El lector acostumbrado a los temas psicológicos o metafísicos puede percibir que su mente concreta es capaz de descifrar perfectamente los contenidos expresados en palabras, y que simultáneamente, algo más sutil se va infiltrando en la mente abstracta, en la comprensión más profunda y no verbal.

Porque Benoit no escribe desde el intelecto, sino desde la comprensión, la que logra traducir de una forma intelectualmente nítida para ser transmitida de un modo que se percibe como completamente fiel a su original. Resulta inevitable suponer una transposición de sus técnicas médico-quirúrgicas a la disección metódica del alma, examinando capa tras capa, fibra tras fibra, develando los tejidos vitales hasta la última palpitación. Es semejante a la presencia del propio autor, al que se siente completamente concentrado en la tarea que tiene entre manos, atento a todos los hilos que sostiene y desarrolla, tanto, que tal pareciera que casi no estuviese allí más que como un transmisor de lo que se ha propuesto decir, y no obstante, se encuentra totalmente presente en cada renglón.

Benoit no es un teórico, por más que teorice con gran exactitud. Su discurso emana de su experiencia interior y la reflexión, intelectualizadas y a la vez llenas de humanidad, en su más alta acepción. Su exploración y práctica del Zen lo ha llevado a experiencias y a comprensiones que es capaz de traducir a términos comprensibles para la mente occidental, sin distorsionar los contenidos originales. A menudo habla en primera persona, mostrando que él ha transitado por los territorios internos que describe, y que es posible que aquellos ámbitos que pertenecen al No-Yo puedan quedar atrás, que es posible trascender el ego. Pero tal vez los mayores méritos de los escritos de Benoit no sean los ya mencionados de claridad y profundidad, sino, por una parte, el instar inevitablemente al lector a examinar en su interior los asuntos que expone, y por otra, provocar en él un anhelo profundo de constatar, experiencialmente, cada uno de los temas que aborda, hasta, en algunos casos, la realización total.

La obra más conocida y difundida de Hubert Benoit es La Doctrina Suprema, de la que transcribimos algunos párrafos:

- El ser humano al que generalmente llamamos “desesperado” no está definitivamente desesperado, está lleno de esperanzas que el mundo se niega a satisfacer; por lo tanto es muy desgraciado. El ser humano que ha llegado a una verdadera desesperación, el que ya no espera nada del mundo de los fenómenos, se llena de gozo perfecto al que por fin ha dejado de oponerse.

- En nuestro deseo de escapar de la angustia, buscamos doctrinas de salvación, buscamos un maestro. Pero el maestro no está lejos y ofrece constantemente sus enseñanzas: es la realidad tal cual es, es nuestra vida cotidiana.

- No es la impotencia misma la que causa la humillación, sino el impacto que experimenta mi pretensión de omnipotencia cuando choca contra la realidad de las cosas.

- Recordemos que la naturaleza de las cosas es para nosotros el mejor y más humillante de los maestros y que nos rodea con su ayuda vigilante. La única tarea que nos incumbe es comprender la realidad y permitirnos ser transformados por ella.

- La imposibilidad en que me encuentro hoy de gozar de mi naturaleza propia, de mi naturaleza-de-Buda, como hombre universal y no como individuo distinto, me obliga a fabricar constantemente una representación radicalmente engañosa de mi situación en el Universo. En lugar de verme en igualdad con el mundo exterior, me veo, o bien por encima de él o bien por debajo; sea arriba, sea abajo. Según esta perspectiva, en donde el arriba es Ser y el abajo es la Nada, estoy obligado a esforzarme siempre hacia el Ser. Todos mis esfuerzos tienden, necesariamente, de una manera directa o indirecta
a elevarme, sea de manera grosera, o sutil, o, como suele decirse, espiritualmente. Todos mis automatismos psicológicos naturales, antes del satori, están fundados en el amor propio, la pretensión personal, la reivindicación del subir de un modo o de otro; y esta reivindicación para elevarme individualmente es la que me oculta mi dignidad universal infinita. La pretensión que anima todos mis esfuerzos, todas mis aspiraciones, es a veces difícil de reconocer como tal pretensión. Me es fácil ver a mi pretensión cuando el No-Yo del que deseo distinguirme está representado por otros seres humanos; en este caso, un poco de lealtad interior es suficiente para dar su verdadero nombre a mi tentativa. Pero ya no es lo mismo cuando el No-Yo del que deseo diferenciarme está representado por objetos inanimados o, sobre todo, por esta ilusoria y misteriosa entidad que denomino Destino; sin embargo, en el fondo es absolutamente lo mismo; mi suerte me exalta; mi mala suerte me humillaSi vemos bien las bases profundas de nuestro amor propio, comprenderemos que todos nuestros goces imaginables son satisfacciones de este amor propio y que todos nuestros sufrimientos imaginables son heridas que se le infligen. Comprendemos, pues, que nuestra actitud pretenciosa personal domina la totalidad de nuestros automatismos afectivos, es decir, la totalidad de nuestra vida.

- Si me siento humillado es porque mis automatismos imaginativos consiguen neutralizar la visión de la realidad y hacen fracasar la evidencia Si me sucede una circunstancia humillante, ofreciéndome un maravilloso secreto de iniciación, mi imaginación se apresura a conjurar lo que me parece un peligro; lucha contra el ilusorio desplazamiento hacia abajo; hace todo lo posible para restaurarme en ese estado habitual de arrogancia satisfecha donde encuentro una tregua transitoria, pero también la certeza de nuevas angustias. En resumen: me defiendo constantemente de aquello que se propone salvarme; lucho con tesón por defender la fuente misma de mi desgracia. Todos mis trabajos interiores tienden a impedir el satori, puesto que aspiran a lo alto mientras que el satori me espera abajo. También el Zen tiene razón al decir queel satori cae de improviso sobre nosotros cuando hemos agotado todos los recursos de nuestro ser.

Algunos estudiosos han observado que en La Realización Interior, Benoit corrige algunos de los conceptos desarrollados en La Doctrina Suprema, libro más de 25 años anterior. Como es obvio, el crecimiento progresa y del mismo modo se acrecienta y enriquece la comprensión, de lo que resulta esperable una evolución del pensamiento del autor. Lo extraño sería que dos o tres décadas de reflexión y práctica no hubieran incrementado la comprensión. La naturaleza de Buda es permanente, pero su realización es necesariamente gradual. De forma análoga, pero en otra escala, puede considerarse la lectura de Benoit. El mismo texto, tras sucesivas lecturas, logra comprensiones paulatinamente más profundas. Invitamos a todos aquellos que siguen un camino interior, y que buscan sinceramente la realización personal, a enriquecer su búsqueda, y especialmente a esclarecer sus motivaciones y desbrozar su senda, con los escritos de Benoit. El notable autor no descubrió un camino, pero contribuyó mucho a despejarlo y señalar los desvíos inconducentes, facilitando el tránsito hacia la libertad interior y una verdadera realización.

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María del Carmen

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